
Es el adverbio del titular de hoy, una alocución de modo, es decir, la manera de hacer las cosas con libertad. Con lo que el sustantivo a definir es el de libertad. Que el hombre es libre, ontológicamente libre, poseedor de libre albedrío es una cosa que todos conocemos. Y en esencia esa libertad consiste en hacer el bien y evitar el mal, es decir, es una libertad que está condicionada a un orden ético o moral superior. Y ese orden ético o moral superior debe de presentar las cosas como son en realidad a fin de que la persona pueda elaborar un juicio objetivo, y esa presentación de la realidad tal cual es, es la verdad. Por lo tanto, libertad no es hacer aquello que se le antoje al sujeto, hacer el bien o hacer el mal, eso es un uso indebido, impropio, desordenado de la facultad del hombre libre, sino hacer lo que a la luz de la verdad se presenta como bien evitando el error.
Hace gracia ver como algunos, tontos o malvados, desde esa neutralidad pasmosa a la verdad o al error, en el anclaje del personalismo, del hombre como absoluto en sus convicciones, sean estas las que sean, dicen que los ciudadanos deben de elegir libremente el régimen que deseen, sin más miramiento que el derecho a la libertad a la verdad y error y a practicar la verdad o el error, que el deseo del hombre, fundado en la absoluta dignidad humana, está por encima de esas consideraciones. Decir libremente en una época en la cual los medios de comunicación están en manos de la inmoralidad y de la manipulación psicológica más que una quimera es una tomadura de pelo. Decir libremente cuando los mensajes de determinadas opciones políticas quedan silenciados y condenados a la no publicitación, es querer negar la evidencia de los hechos. Así, las personas se forman una opinión dirigida por intereses económicos y políticos bastardos, con la libertad del error propalado por doquier, y donde en el fiel de la balanza la verdad queda dentro de una opción opinable tan digna de inclinarse hacia ella como que no. ¿Eligió libremente el pueblo español la renuncia a los prinicpios católicos del ordenamiento político? Clamorosamente no. Se le hizo creer, y se le hace creer, que su opción fue libre, pero no es cierto, fue una decisión inducida y manipulada. Amparados en el deseo de cambio de gobierno, deseo legítimo y mayoritario, se aprovechó para cambiar de régimen, de uno con principios cristianos, y por ello bueno en esencia (que no perfecto), a otro malo en esencia (aun cuando tenga algún buen resultado) que es la negación artera de esos principios y cimientos jurídicos y políticos.
Mientras sólo la opinión tenida y conocida por lo "políticamente correcto" sea propalada, no habrá decisión con libertad, por mucho que se les llene la boca con la palabreja a todos los liberales, masones y su caterva de neutros y tontos útiles.

