
El principio cristiano del origen del poder es incompatible con la soberanía popular porque la misma es una herejía, así de claro. Distingos y ambigüedades se presentan en el campo filosófico en cuanto a la metafísica de la nación, del origen inmediato y mediato del poder; y del poder en propiedad y en depósito. Siendo todo eso importante, no se nos escapa, es realmente más importante no la etimología o casi ontología, sino el entendimiento actual que tal concepto de soberanía popular es aprehendido en la mentalidad moderna. Ocurre como la libertad, que siendo la época actual la más oscura de la Humanidad y la de mayor número de esclavos, la mayoría de las personas se siente libre, tanto, que hoy sería imposible un "vivan las caenas" sin ser condenado a la demencia. Época, pues, de lo que se siente más de lo que se conoce.
La soberanía popular es la deriva de la soberanía de la nación que desemboca en la neutralidad del Estado de la que se sigue la separación total y absoluta de la voluntad humana con respecto al Creador. Esos son los hechos, la apostasía de las naciones y de los individuos. Algunos dirán que no tiene que ser así, y nosotros les decimos ¿por qué no? La soberanía popular parte de un principio inamovible y absoulto: el hombre es bueno por naturaleza. Eso contradice el pecado original, dogma, y he ahí la herejía. Si el hombre es bueno, ¿para qué un Redentor, de qué debe de ser redimida la bondad natural del hombre? "Rompamos su yugo" es el grito revolucionario contra el que dice "mi yugo es suave y mi carga ligera". Apartar a Dios de la sociedad tiene su causa en el paradigma liberal.
Escandaliza como algunos todavía se jactan de que España se asiente en una Constitución en la cual la soberanía popular y la "aconfesionalidad" del Estado confabulan contra el orden natural establecido por Dios. Claro que no quieren esa confabulación, el efecto, pero abrazan la causa irracional y desmedidamente. No es de extrañar que "Dignitatis Humanae", auténtica perversión y caballo de Troya de la destrucción de la Cristiandad, propugne como legítimo la propalación y práctica del error. Lo nunca visto. Si bien, cuando el orden natural es subvertido ya no queda legitimidad en el gobierno ni en el régimen que lo ampara. Y en estos momentos el orden natural es violado constante y degenerativamente por la legislación. ¿Cuándo se produce la ilegitimidad de ejercicio? Cuando aparece la primera violación del orden natural. La Constitución de 1978 puso las bases para esas violaciones con la complicidad de dos instituciones básicas en la vida de nuestra Patria: el Trono y el Altar. Traición que se encuadra dentro de un movimiento histórico que tiende a su fin: Cristo. Sí, Jesucristo, Señor de la Historia es el eje de gravitación de ese movimiento, habrá, pues, que valorar y actuar en esa tensión necesaria Teológico-política y abstraerse de particularismos mediáticos.

