lunes 31 de marzo de 2008

La Paz


En este tiempo de Pascua, nos gustaría hacerle la pascua a más de uno, a esos que se les llena la boca de paz, tolerancia y democracia. Frente al lema, ya hemos hablado de los lemas, de la Paz de Cristo en el Reino de Cristo, se opone el de la paz [que da] del hombre en el principado del mundo, que no es otra cosa que la Iglesia libre en el Estado libre propugnado en el III Congreso católico de Malinas(1863), apoyado por Mons. Félix Dupanloup (1802-1878), que resumía tan bien el P. Sardá:


"Nació este funesto error de un deseo exagerado de poner conciliación y paz entre doctrinas que forzosamente y por su propia esencia son inconciliables enemigas. El Liberalismo es el dogma de la independencia absoluta de la razón individual y social; el Catolicismo es el dogma de la sujeción absoluta de la razón individual y social a la ley de Dios. ¿Cómo conciliar el sí y el no de tan opuestas doctrinas? A los fundadores del Liberalismo católico pareció cosa fácil. Discurrieron una razón individual ligada a la ley del Evangelio, pero coexistiendo con ella una razón pública o social libre de toda traba en este particular. Dijeron: “EI Estado como tal Estado no debe tener Religión, o debe tenerla solamente hasta cierto punto que no moleste a los demás que no quieran tenerla. Así, pues, el ciudadano particular debe sujetarse a la revelación de Jesucristo; pero el hombre público puede portarse como tal de la misma manera que si para él no existiese dicha revelación”. De esta suerte compaginaron la fórmula célebre de: La Iglesia libre en el Estado libre, fórmula para cuya propagación y defensa se juramentaron en Francia varios católicos insignes, y entre ellos un ilustre Prelado; fórmula que debía ser sospechosa desde que la tomó Cavour para hacerla bandera de la revolución italiana contra el poder temporal de la Santa Sede; fórmula de la cual, a pesar de su evidente fracaso, no nos consta que ninguno de sus autores se haya retractado aún.


No echaron de ver estos esclarecidos sofistas, que si la razón individual venía obligada a someterse a la ley de Dios, no podía declararse exenta de ella la razón pública o social sin caer en un dualismo extravagante, que somete al hombre a la ley de dos criterios opuestos y de dos opuestas conciencias. Así que la distinción del hombre en particular y en ciudadano, obligándole a ser cristiano en el primer concepto, y permitiéndole ser ateo en el segundo, cayó inmediatamente por el suelo bajo la contundente maza de la lógica íntegramente católica. El Syllabus, del cual hablaremos luego, acabó de hundirla sin remisión. Queda todavía de esta brillante, pero funestísima escuela, alguno que otro discípulo rezagado, que ya no se atreve a sustentar paladinamente la teoría católico-liberal, de la que fue en otros tiempos fervoroso panegirista, pero a la que sigue obedeciendo aún en la práctica; tal vez sin darse cuenta a sí propio de que se propone pescar con redes que, por viejas y conocidas, el diablo ha mandado ya recoger."


Pero el Concilio Pastoral II Vaticano ratificó esa posición del III Congreso católico de Malinas en su Declaración Conciliar "Dignitatis Humanae", y es donde estamos. Y sin entrar en profundidades, ya hemos expuesto en este medio diferentes posturas al respecto (Mons. Guerra Campos, P. Julio Meinveille, Mons. Lefebvre, Rafael Gambra, etc.) en temas teológico políticos, sí nos gustaría decir que:


1. La Paz es un don que sólo da Dios por medio de la caridad.

2. El efecto personal de la Paz es el ordenamiento de las potencias del hombre dirigidas correctamente hacia su fin último.

3. El efecto social de la Paz es el orden temporal ordenado al servicio del bien común.


El Santo Padre Pío XI, al introducir "Quas Primas", la Encíclica de Cristo Rey, dentro del calendario litúrgico, es decir, dentro de la economía de la salvación, tuvo en cuenta el estado de degradación que se estaba fermentando en la conciencia católica y de cómo el mundo buscaba la Paz fuera de la única fuente capaz de suministrarla. Ni que decir tiene que ese alejamiento es hoy mayor. Ni que decir tiene que el acercamiento por medio humanos, tolerancia y democracia sin valores, sin caridad, no ha producido esa eclosión primaveral de un nuevo mundo en una nueva Iglesia. Así, en lo que respecta al campo político, la petición de la masonería y del comunismo, aceptadas en el CVII como son la libertad religiosa y la no condena de los regímenes comunistas, lejos de dar la anhelada Paz mundial, han introducido unos regímenes relativistas que dan como fruto las peores legislaciones que ha conocido la Humanidad. Y es consecuencia clara porque con hechos contrastamos que:


1. No se quiere a Dios en las legislaciones de los Estados.

2. El hombre vive en un continuo desorden de sus potencias.

3. El poder temporal del Estado legisla en contra del bien común, subvirtiendo el Derecho Natural.


Todo este clima de confusión se acrecienta con la falta del ejercicio de autoridad por parte de quienes tienen la facultad de ejercerlo. Así, el error se propala por doquier, y la verdad, con fuerza pero sin brazo fuerte que la enarbole parece que sucumbe ante la desidia genelarizada. Nosotros seguiremos denunciando estas incongruencias, y teniendo siempre presente que:


"Militia est vita hominis super terram"