
La existencia, inmutabilidad y fuerza de la verdad se objetivan en la doctrina. Cuando se ataca, se erosiona, se debilita, no exponiendo tal cual es la doctrina, lo que se produce es el ataque más terrible a la verdad. Es sabido que a las ideas hay que oponer ideas; a los discursos hay que oponer discursos; a la violencia hay que oponer violencia, o si se quiere en lenguaje más del día moderno, a la fuerza de la imposición hay que oponer la fuerza de la defensa, resitencia con espíritu de ofensiva para que sea eficaz; y al engaño NO se puede oponer el engaño. No es lícito, no nos es permitido, según la doctrina, según la misma verdad, ejercer el engaño aunque sea para obtener, a nuestra perspectiva, un bien. Eso lleva a una pregunta a la deseperada: ¿y qué hay que oponer al engaño? Está claro que la verdad, pero de qué manera, en la forma de la idea, en la forma del discurso, o en la forma de la fuerza, de la violencia. Pues bien, en este punto la doctrina es clara, al engaño se le opone con la fuerza, pero no con esa fuerza que es inherente a la verdad proclamada, sino con la fuerza de la imposición. Aquí hay que distinguir el doble socavamiento actual, por un lado confundir imposición de la verdad con imposición de la fe (ésta es virtud infusa y sólo Dios la otorga) y por otro lado el discurso ambiguo, cuando no contradictorio, de un catolicismo adulterado por los ideales masónicos y los principios revolucionarios al amparo de un evolucionismo dogmático que ha minado la doctrina.
Si un día Aparisi dijo aquello de: "dadme buenos católicos y yo los haré carlistas", parece que la consecuencia lógica de la erosión doctrinal sea el excaso número y representación del ideario carlista en la sociedad; y, permítasenos, el acercamiento al Carlismo, siempre movido por el cimiento insobornable de la fe, produce hoy en día el conocimiento de la doctrina . Cuando se pierde de vista que las luchas por la Religión, la Patria, los Fueros y el Rey, han sido las luchas por los derechos de Dios en contra de las innovaciones políticas que suponen una separación contranatura de la Teología y de la política, como si ambas no tuvieran el mismo interés común, el hombre, y, por tanto, como si ambas no trataran en último término la salvación de las almas, fin al cual se ordenan, la una a través de la Iglesia que dispone los medios sobrenaturales y temporales, y la otra a través de la autoridad legítima del poder los medios temporales. Es de esa conjunción de interés común del bien de dónde surge la subordinación, aun siendo autónomo, del poder politico a la Iglesia que es reconocida como Madre y Maestra.
Bien, cuando la Conferencia Espiscopal Española dice que: “La Iglesia reconoce, en principio, la legitimidad de las posiciones nacionalistas que, sin recurrir a la violencia, por métodos democráticos, pretendan modificar la configuración política de la unidad de España (n. 73)”. Hay que decir, en principio, que es una proposición falsa, sofista y que pretende prostituir la doctrina. La Iglesia no puede reconocer, como bueno, lo que ha condenado y reprobado como malvado. Los nacionalismos, que es un eufemismo de separatismo, son la negación de la Patria desde su realidad histórica y una instrumentalización de la Iglesia para sus fines bastardos. La defensa de la Patria y de su unidad, por supuesto que política, es tan importante para el hombre que la Iglesia siempre ha defendido la defensa territorial de la misma ante las agresiones internas y externas como un acto virtuoso, es decir heroico, y el propio Santo Tomás dio el carácter definitivo:
"Todo el que defiende a la Patria contra los enemigos que la atacan con el intento de acabar con la fe de Cristo, y en tal defensa encuentra la muerte, es mártir de la fe".
Y bien, los nacionalismos agreden a España porque en definitiva son hijos de la Revolución y por tanto anticristianos y si les interesa acabar con la unidad, por supuesto que política --como último reducto de la espiritual-- de España es por lo que el alma de España es: el último reducto inexpugnable de la Cristiandad. ¿Hay que volver a repetirlo? Lo hacemos: Espada de Roma, Luz de Trento, martillo de herejes, cuna de San Ignacio.
Es una señal del peligro que corremos que una Conferencia que se dice católica y española haga declaración tan humillante, tan deleznable y con tanta felonía como es esa proposición nº 73 a la que hemos hecho referencia.

