miércoles 12 de marzo de 2008

El bloque de los necios


Un grupo de partidos políticos, de distintas orientaciones ideológicas, se han agrupado en torno a lo que han llamado el “Manifiesto de los principios no-negociables”. Eso que llaman principios no negociables, ni que decir tiene, que el Tercio Católico los asume. Pero la manera de asumirlos el Tercio, no es a la manera realizada por ese grupo de partidos. Y no lo es porque lo que ellos llaman principios no negociables, para nosotros son efectos funestos de principios liberales. Uno de los estragos políticos del liberalismo es romper la cadena concatenada de causa y efecto. Así, todos convendrán que uno de los grandes males de la actualidad política es defender principios, como la soberanía popular y el sufragio universal, y condenar los efectos de esos principios cuyo fruto evidente es la iniquidad de las leyes y del ordenamiento socio político.

Un ejercicio simple de lógica, a la que todo el mundo puede llegar por simple razonamiento, es que hay causas que son efectos de causas de mayor rango, una cadena finita que tiene origen en una causa primera, el primer principio. Y, aquí también llega todo hombre por la razón, ese primer principio es Dios; y siendo Dios el primer principio debe estar claro que es el único que existe por sí y por lo tanto, desde la organización política de la sociedad, no puede ser negociado; puede ser contravenido por el libre albedrío del hombre, pero éste es obligado en conciencia y debe ser obligado por la fuerza coercitiva del Derecho a respetar externamente, es decir, en el ordenamiento jurídico.

La corriente personalista actual (deriva última de la cadena escepticismo, racionalismo, idealismo), aupada por la declaración “Dignitatis Humanae” del Concilio Pastoral Vaticano II, en la cual la dignidad humana está por encima de cualquier consideración de verdad y error, y que por esa dignidad absoluta el hombre puede y debe ser dejado libre para, públicamente (ordenamiento jurídico), adherirse al error y practicarlo, lleva al extremo de que aun cuando el ordenamiento sea injusto, el hombre tiene derecho a proclamarlo y defenderlo por la fuerza, porque el que olvida que el Derecho obliga por su fuerza inherente coercitiva, no lo hace por descuido, sino por malicia. Esto no es sólo una ruptura con la enseñanza tradicional no dogmática de la Iglesia, es también una contradicción teológica con la interpretación del Magisterio ordinario, que no siendo dogmático no puede tener contradicción (algo así como la doctrina del Tribunal Supremo) cuando en el Evangelio eterno del Apocalipsis (3, 4), en la Carta del Ángel a la Iglesia de Sardes dice: “Sed habes pauca nomina in Sardis, qui non inquinaverunt vestimenta sua et ambulabunt mecum in albis, quia digni sunt.” (Pero tienes unas pocas personas en Sardes que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas). Este pasaje fue siempre interpretado como la dignidad humana no es absoluta, sino que se gana en la fidelidad a lo absoluto, a la Verdad.

Todos los partidos adscritos al manifiesto de los NN, unos por expresa mención, y otros por omisión, se adhieren a ese nuevo error filosófico y teológico que es el personalismo. Así convierten al Hombre en la causa primera, y a proclamar con ello que el Hombre existe por sí, algo que contradice la experiencia, pues, el hombre no se da la vida a sí mismo, participa en ella, sí por supuesto con la afirmación de su libertad donada, pero no es la existencia, solo Dios es existencia, es el que es. Si bien ninguno se atreverá a negar ese principio directamente, lo hacen aún siendo ignorantes, al proclamar la absoluta dignidad de la persona humana. Como toda deriva del absolutismo de las cosas humanas, el liberalismo político es la fuente de este monumental error. No olvidemos que los defensores del régimen monárquico absolutista, el Antiguo Régimen, fueron los liberales proclamando, en España, la vergonzosa Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812 que destruía los principios de la Monarquía tradicional, que siempre fue popular, de las Españas.

El PNV, partido anticarlista, expolió el tetralema de Dios, Patria, Fueros, Rey, y se quedó con Dios y Fueros, en clara beligerancia a la Patria y al Rey. El partido SAIN, una máscara neomarxista, proclama vergonzosamente la internacionalidad en contra de la Patria, principio cristiano tan importante, que siendo efecto de Dios tiene el privilegio de considerarse como el amor más grande después del debido a Dios, pudiendo ostentar en esa cadena de causa efecto, finita pero innumerable, el privilegio y honor de causa segunda. Y este grupo artera de SAIN, no tiene reparos en adscribirse a esos NN, y no los tiene porque le va bien, no traiciona a sus principios.

Con pena hemos leído que uno de los grupos del MNN, en concreto la CTC, busca una alianza política en un bloque para obtener representación parlamentaria en la defensa de esos NN. Y decimos con pena no porque en ello nos vaya nada, allá cada cual, sino porque bastante desorientación hay ya en España, como para mezclar una doctrina política como la Tradicional en estos manejos de sacristía postconciliar. El lío para los sencillos se vuelve macanudo.

Esos principios NN son efectos, lo hemos dicho, la causa no negociable, la Santa Causa, es la Soberanía social de Jesucristo, y no al estilo integrista sin forma ni concierto, sino desde la Patria, con la conjunción histórica territorial de la misma, y la legalidad del poder mando legítimo; Dios, Patria, Fueros, Rey. Y para ello hay un obstáculo, el régimen liberal formalizado en esta Monarquía parlamentaria y democrática, mantenida con la ilegitimidad de ejercicio, a la que suma la de origen, tras el perjurio de los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional. La lucha política debe centrarse en combatir esa causa que permite los efectos perniciosos de las leyes del divorcio, el aborto, la educación totalitaria, los derechos a la homosexualidad, etc. Unirse para combatir los efectos, manteniendo firmes las causas que los producen no es ya un disparate político, es una enorme irresponsabilidad.