lunes 3 de marzo de 2008

De la soberanía


Dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia:


395 El sujeto de la autoridad política es el pueblo, considerado en su totalidad como titular de la soberanía. El pueblo transfiere de diversos modos el ejercicio de su soberanía a aquellos que elige libremente como sus representantes, pero conserva la facultad de ejercitarla en el control de las acciones de los gobernantes y también en su sustitución, en caso de que no cumplan satisfactoriamente sus funciones. Si bien esto es un derecho válido en todo Estado y en cualquier régimen político, el sistema de la democracia, gracias a sus procedimientos de control, permite y garantiza su mejor actuación. El solo consenso popular, sin embargo, no es suficiente para considerar justas las modalidades del ejercicio de la autoridad política.


Es de doctrina que el poder político no deriva inmediatamente de Dios al gobernante (Suárez , Belarmino, Card. Mercier), en contra del absolutismo, cesarismo, francés del siglo XVIII; ahora bien, decir que todo poder político viene de Dios (como ha dicho la Iglesia en dos mil años) y decir que el pueblo considerado en su totalidad es el titular de la soberanía son dos cosas contradictorias. Tanto que al fin se aprueba lo que reprueba expresamente León XIII en Diuturnum Illud, que es:


"Muchos de nuestros contemporáneos, siguiendo las huellas de aquellos que en el siglo pasado se dieron a sí mismos el nombre de filósofos, afirman que todo poder viene del pueblo. Por lo cual, los que ejercen el poder no lo ejercen como cosa propia, sino como mandato o delegación del pueblo, y de tal manera, que tiene rango de ley la afirmación de que la misma voluntad popular que entregó el poder puede revocarlo a su antojo. Muy diferente es en este punto la doctrina católica, que pone en Dios, como un principio natural y necesario, el origen del poder político."


Conscientes de la "metedura de pata" que conlleva el punto 395 del CDSIC, al final la frase: "El solo consenso popular, sin embargo, no es suficiente para considerar justas las modalidades del ejercicio de la autoridad política" pretende arreglar esa afirmación anterior extraída de Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 46: AAS 83 (1991) 850-851, y Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris: AAS 55 (1963) 271; que contradice la doctrina anterior. En el mejor de los casos el punto ofrece una ambigüedad extrema, pues, de la primera consideración se deducía precisamente lo que León XIII condenaba y en este punto se ciega esa deducción.


Si atendemos, de nuevo, a Diuturnum Illud podemos sellar este tema de forma inexorable:


"Las nuevas teorías


17. Por el contrario, las teorías sobre la autoridad política, inventadas por ciertos autores modernos, han acarreado ya a la humanidad serios disgustos, y es muy de temer que, andando el tiempo, nos traerán mayores males. Negar que Dios es la fuente y el origen de la autoridad política es arrancar a ésta toda su dignidad y todo su vigor. En cuanto a la tesis de que el poder político depende del arbitrio de la muchedumbre, en primer lugar, se equivocan al opinar así. Y, en segundo lugar, dejan asentada la soberanía sobre un cimiento demasiado endeble e inconsistente. Porque las pasiones populares, estimuladas con estas opiniones como con otros tantos acicates, se alzan con mayor insolencia y con gran daño de la república se precipitan, por una fácil pendiente, en movimientos clandestinos y abiertas sediciones. Las consecuencias de la llamada Reforma comprueban este hechos. Sus jefes y colaboradores socavaron con la piqueta de las nuevas doctrinas los cimientos de la sociedad civil y de la sociedad eclesiástica y provocaron repentinos alborotos y osadas rebeliones, principalmente en Alemania. Y esto con una fiebre tan grande de guerra civil y de muerte, que casi no quedó territorio alguno libre de la crueldad de las turbas. De aquella herejía nacieron en el siglo pasado una filosofia falsa, el llamado derecho nuevo, la soberanía popular y una descontrolada licencia, que muchos consideran como la única libertad. De aquí se ha llegado a esos errores recientes que se llaman comunismo, socialismo y nihilismo, peste vergonzosa y amenaza de muerte para la sociedad civil. Y, sin embargo, son muchos los que se esfuerzan por extender el imperio de males tan grandes y, con el pretexto de favorecer al pueblo, han provocado no pequeños incendios y ruinas. Los sucesos que aquí recordamos ni son desconocidos ni están muy lejanos."

La aceptación, de manera temeraria, del concepto de soberanía popular y sufragio universal, si bien encubierto, es otro de los grandes escollos que debemos salvar en nuestros días. Sin una referencia clara a la doctrina tradicional sobre la legitimidad de poder, de origen y ejercicio, de forma y contenido, en recta representación natural, sin el artificio pernicioso de los partidos políticos, olvidando nuestras estructuras institucionales de control natural, sacadas del patrón universal de la Cristiandad, parece en balde nuestra lucha. No es así, el mero hecho de perseverar y de transmitir la doctrina política es ya en sí una victoria.