
Tras la desaparición de FN del escenario político, la revista siguió y sigue su andadura comenzada en los sesenta, apareció el Movimiento Católico Español (MCE), aglutinador de una línea de opinión de FN, muchos de sus primeros militantes y el mismo fundador fueron dirigentes de Fuerza Nueva y/o Fuerza Joven la rama juvenil de dicho partido. Coincidiendo con la despenalización del aborto en España, y aprovechando el tirón político que quedaba de FN, el MCE tuvo éxitos de organización de eventos políticos. Si bien, el MCE asumía una orientación ideológica tardofranquista, carecía de la legitimidad de origen para ser aglutinador de lo que en su día fue el intento fallido de FN. Cuando hablamos de legitimidad, que es de lo que trata todo este artículo, no nos referimos a la legítima exposición de opiniones, que aquí todo el mundo las tiene y a nadie se le niega, sino a ser continuidad legítima, es decir hereditaria, de las ideologías o movimientos que se dicen representar. Hecho el inciso, el MCE fue un partido nuevo que no podía tener la eficacia que deseaba pues le faltaba la línea continuista y legitimista que la que radica toda eficacia. Otra cosa es que hubiera sido un partido nuevo con nuevas orientaciones y nuevas ideas, pero no lo era, o no lo es pues, todavía sigue en la brecha política.
Entre mediados de los ochenta y los noventa, apenas un lustro, el diario “El Alcázar”, entonces bajo la dirección de Antonio Izquierdo, intentó aglutinar en una fuerza política el “espíritu del 18 de julio”, ya que, al ser el órgano de la Hermandad de Excombatientes, organizaba unas multitudinarias manifestaciones los aniversarios del 20-N, manifestaciones desconocidas en España y que en nada envidiaban a las organizadas hoy en día por la AVT o por las Conferencias Episcopales. Fracasó ese intento, y si en su día don Blas Piñar no logró convertir todos los asistentes a sus mítines en votos, así ocurrió con aquello que fue Juntas Españolas. Se invirtió mucho dinero y esfuerzo, pero el fracaso fue estrepitoso, comparable al que ha sufrido AES en nuestros días. Está claro que cualquier intento de “resucitar” el Movimiento Nacional es un rotundo fracaso.
Otros partidos nuevos han surgido bajo ese espectro en el que los medios de comunicación sitúan toda ostentación patriótica y/o religiosa en la vida pública, que son representaciones impulsivas y sensibles, casi de legítima defensa –cual fue el caso del fascismo en contra del comunismo en la Europa de los 30 del siglo XX--, y que no hay que desdeñar (independientemente del juicio que en primera instancia nos produzcan) esas formas de reacción ante los ataques furibundos del liberalismo a la misma raíz de las obras humanas (territorio, familia, propiedad), pero que quedan fuera de este análisis porque en ese caso, está claro, que no es un tema de continuidad legítima del que estamos hablando, sino casi de propia supervivencia.
Y llegamos a nuestro TERCIO CATÓLICO de ACCIÓN POLÍTICA, TEAP. Es cierto que no aparece en el anagrama la “C” de católico y en su lugar aparece una “E”, que muchas veces lleva a su incorrecta nomenclatura en las referencias. Los fundadores del TEAP entendieron que con la denominación de español quedaba implícita la condición de católico, es un deseo basado en una realidad sociológica, no obstante decidieron incluir las dos, católico explícitamente en contra de esa petulante renuncia a la confesión pública impuesta tiránicamente por la Conferencia Episcopal Española de 1986, y felizmente derogada con la declaración de la Congregación de la Defensa de la Fe del 24 de noviembre del 2002, en la NOTA DOCTRINAL “sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política de Católicos y Vida Pública.”
En principio fue el TEAP un nuevo partido político de ámbito nacional, sin ninguna adscripción anterior y por lo tanto, sin ninguna continuidad legitimista. Podría ser comparado a los partidos integristas del siglo XIX, que más allá de las formas concretas de gobierno, defendían unos principios generales a los cuales todo se debía de subordinar, tal cual era la Soberanía social de Jesucristo. No señalaba enemigo concreto, sino la negación misma de esa Realeza social de Nuestro Señor contenida en la afirmación de la soberanía popular y el sufragio universal. No en vano, aunque sin tener la filiación carlista de origen, podía asociarse bien al Partido Católico Nacional que en su día fundara Nocedal. No obstante, teniendo en cuenta la situación actual de la Iglesia, siempre con obediencia y subordinación de orden pero sin servilismo a las contradicciones doctrinarias propaladas con descaro como la libertad religiosa por los ambientes clericales. Está claro que con ese principio de confesionalidad moral del partido, queda excluido de parecidos con otros partidos como Familia y Vida. La petición de la confesionalidad del Estado y la supresión de la soberanía popular y el sufragio universal, le llevan a no tener un sitio común con AES. Asimismo, la restricción de cultos lleva al TEAP a distanciarse, por principio, de la CTC. La desvinculación con las formas de defensa continuista del Movimiento Nacional, hacen que el TEAP, también por principio, no pueda tampoco ser emparentado con el MCE. Por último, el origen del partido no es un acto impulsivo de supervivencia, una acción casi a la desesperada, y de ahí el distanciamiento con esas formas.
Todos los desencuentros políticos del TEAP con otros partidos o formas políticas, no significan en ningún caso enemistad, como lo puedan significar las opciones parlamentarias actuales u otros grupos de ideologías contrarias a Dios y a España.
Todo este repaso, que en ningún momento pretende ser histórico, sino político y conceptual, nos despeja las incógnitas de esa idealizada unión de fuerzas nacionales tan preconizada o que por lo menos siempre rodea el ambiente de ciertos encuentros políticos. La no continuidad legitimista de las formas de las llamadas fuerzas nacionales, hacen imposible esa unión en un ente moral conjunto, porque ese ente es una opinión y no un devenir histórico. Por eso a nadie le debe extrañar que existan diversas Falanges, ni pueden exigir como deber que todas se unan, pues, ninguna de ellas representa el devenir histórico de la originaria. Otra cosa es la imagen ideal de la historia que mucha gente se labra en su interior, y como les gustaría en esa idealización que hubiera una continuidad ininterrumpida, pero todo eso se da de bruces con los hechos reales. Únicamente la legitimidad de origen, con la legitimidad de ejercicio, hace posible el continuismo histórico.
Por eso, si bien Menéndez Pelayo construyó una historia cultural española, se equivocó de lleno en la cultura política que informaba esa historia. Y se equivocó al definir la monarquía española como una monarquía absolutista dieciochesca a la francesa, porque es esa monarquía española tradicional y popular verdadera la que hace posible la continuidad histórica de España. Monarquía legítima en origen y en ejercicio, mando supremo de la acción política sin el cual toda lucha, toda contienda, sea en el plano que sea es ineficaz.
El Carlismo, bien seguro de esa continuidad, de esa proyección de destino histórico, al levantar la bandera dinástica no hacía otra cosa que defender la cultura histórica que tan bien definiera Menéndez Pelayo, desde la auténtica posición política. No se puede plantear como ejercicio posterior la legitimidad, porque al fin y al cabo es dejar para nunca el problema acuciante de una sociedad española infiel que se aleja cada día más de Dios, que se aparta cada día más de su elevada misión.
Convencidos de esto, el año 2007, a los dos años de su fundación, el Tercio Católico de Acción Política se adhirió a la Causa de la Tradición abanderada por S.A.R. don Sixto Enrique de Borbón. Y es que, según hemos visto en nuestro análisis, es el final del camino racional al que llega todo hombre de buena voluntad, que ame a Dios y sirva a su Patria. La acción eficaz no depende tanto (nada en realidad) de la opinión, sino de la abnegación.
Entre mediados de los ochenta y los noventa, apenas un lustro, el diario “El Alcázar”, entonces bajo la dirección de Antonio Izquierdo, intentó aglutinar en una fuerza política el “espíritu del 18 de julio”, ya que, al ser el órgano de la Hermandad de Excombatientes, organizaba unas multitudinarias manifestaciones los aniversarios del 20-N, manifestaciones desconocidas en España y que en nada envidiaban a las organizadas hoy en día por la AVT o por las Conferencias Episcopales. Fracasó ese intento, y si en su día don Blas Piñar no logró convertir todos los asistentes a sus mítines en votos, así ocurrió con aquello que fue Juntas Españolas. Se invirtió mucho dinero y esfuerzo, pero el fracaso fue estrepitoso, comparable al que ha sufrido AES en nuestros días. Está claro que cualquier intento de “resucitar” el Movimiento Nacional es un rotundo fracaso.
Otros partidos nuevos han surgido bajo ese espectro en el que los medios de comunicación sitúan toda ostentación patriótica y/o religiosa en la vida pública, que son representaciones impulsivas y sensibles, casi de legítima defensa –cual fue el caso del fascismo en contra del comunismo en la Europa de los 30 del siglo XX--, y que no hay que desdeñar (independientemente del juicio que en primera instancia nos produzcan) esas formas de reacción ante los ataques furibundos del liberalismo a la misma raíz de las obras humanas (territorio, familia, propiedad), pero que quedan fuera de este análisis porque en ese caso, está claro, que no es un tema de continuidad legítima del que estamos hablando, sino casi de propia supervivencia.
Y llegamos a nuestro TERCIO CATÓLICO de ACCIÓN POLÍTICA, TEAP. Es cierto que no aparece en el anagrama la “C” de católico y en su lugar aparece una “E”, que muchas veces lleva a su incorrecta nomenclatura en las referencias. Los fundadores del TEAP entendieron que con la denominación de español quedaba implícita la condición de católico, es un deseo basado en una realidad sociológica, no obstante decidieron incluir las dos, católico explícitamente en contra de esa petulante renuncia a la confesión pública impuesta tiránicamente por la Conferencia Episcopal Española de 1986, y felizmente derogada con la declaración de la Congregación de la Defensa de la Fe del 24 de noviembre del 2002, en la NOTA DOCTRINAL “sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política de Católicos y Vida Pública.”
En principio fue el TEAP un nuevo partido político de ámbito nacional, sin ninguna adscripción anterior y por lo tanto, sin ninguna continuidad legitimista. Podría ser comparado a los partidos integristas del siglo XIX, que más allá de las formas concretas de gobierno, defendían unos principios generales a los cuales todo se debía de subordinar, tal cual era la Soberanía social de Jesucristo. No señalaba enemigo concreto, sino la negación misma de esa Realeza social de Nuestro Señor contenida en la afirmación de la soberanía popular y el sufragio universal. No en vano, aunque sin tener la filiación carlista de origen, podía asociarse bien al Partido Católico Nacional que en su día fundara Nocedal. No obstante, teniendo en cuenta la situación actual de la Iglesia, siempre con obediencia y subordinación de orden pero sin servilismo a las contradicciones doctrinarias propaladas con descaro como la libertad religiosa por los ambientes clericales. Está claro que con ese principio de confesionalidad moral del partido, queda excluido de parecidos con otros partidos como Familia y Vida. La petición de la confesionalidad del Estado y la supresión de la soberanía popular y el sufragio universal, le llevan a no tener un sitio común con AES. Asimismo, la restricción de cultos lleva al TEAP a distanciarse, por principio, de la CTC. La desvinculación con las formas de defensa continuista del Movimiento Nacional, hacen que el TEAP, también por principio, no pueda tampoco ser emparentado con el MCE. Por último, el origen del partido no es un acto impulsivo de supervivencia, una acción casi a la desesperada, y de ahí el distanciamiento con esas formas.
Todos los desencuentros políticos del TEAP con otros partidos o formas políticas, no significan en ningún caso enemistad, como lo puedan significar las opciones parlamentarias actuales u otros grupos de ideologías contrarias a Dios y a España.
Todo este repaso, que en ningún momento pretende ser histórico, sino político y conceptual, nos despeja las incógnitas de esa idealizada unión de fuerzas nacionales tan preconizada o que por lo menos siempre rodea el ambiente de ciertos encuentros políticos. La no continuidad legitimista de las formas de las llamadas fuerzas nacionales, hacen imposible esa unión en un ente moral conjunto, porque ese ente es una opinión y no un devenir histórico. Por eso a nadie le debe extrañar que existan diversas Falanges, ni pueden exigir como deber que todas se unan, pues, ninguna de ellas representa el devenir histórico de la originaria. Otra cosa es la imagen ideal de la historia que mucha gente se labra en su interior, y como les gustaría en esa idealización que hubiera una continuidad ininterrumpida, pero todo eso se da de bruces con los hechos reales. Únicamente la legitimidad de origen, con la legitimidad de ejercicio, hace posible el continuismo histórico.
Por eso, si bien Menéndez Pelayo construyó una historia cultural española, se equivocó de lleno en la cultura política que informaba esa historia. Y se equivocó al definir la monarquía española como una monarquía absolutista dieciochesca a la francesa, porque es esa monarquía española tradicional y popular verdadera la que hace posible la continuidad histórica de España. Monarquía legítima en origen y en ejercicio, mando supremo de la acción política sin el cual toda lucha, toda contienda, sea en el plano que sea es ineficaz.
El Carlismo, bien seguro de esa continuidad, de esa proyección de destino histórico, al levantar la bandera dinástica no hacía otra cosa que defender la cultura histórica que tan bien definiera Menéndez Pelayo, desde la auténtica posición política. No se puede plantear como ejercicio posterior la legitimidad, porque al fin y al cabo es dejar para nunca el problema acuciante de una sociedad española infiel que se aleja cada día más de Dios, que se aparta cada día más de su elevada misión.
Convencidos de esto, el año 2007, a los dos años de su fundación, el Tercio Católico de Acción Política se adhirió a la Causa de la Tradición abanderada por S.A.R. don Sixto Enrique de Borbón. Y es que, según hemos visto en nuestro análisis, es el final del camino racional al que llega todo hombre de buena voluntad, que ame a Dios y sirva a su Patria. La acción eficaz no depende tanto (nada en realidad) de la opinión, sino de la abnegación.

