viernes 14 de marzo de 2008

De continuidades nacionales (I)


Según dicen los matemáticos, las funciones discontinuas no existen en la naturaleza, pues toda función de estado es continua, son un artilugio eminentemente abstracto. Vamos a hablar de las continuidades, por lo tanto legitimidades, de las formas de las ideologías políticas. Mucha gente se pregunta por qué hay un número demasiado grandes de grupos que se autodenominan Falange y todos pretenden ser la continuidad de la que existía antes del decreto de unificación de 1937. ¿Es cierto que hay una continuidad, o puede haber una continuidad legítima? No, lo que hay son corrientes de opinión, porque la forma jurídica, que no es baladí ni accidental en este caso, no tuvo una continuidad directa. Normalmente estas opciones, al ser opiniones, destacan un aspecto u otro de lo que podría ser la doctrina del corpus legítimo antes de noviembre de 1936, pero destacar algo en detrimento de otro no deja de ser una adulteración. Que haya personas que se sientan inclinadas a una u otra opinión, en función de una connotación de admiración histórica es muy respetable, pero nada eficaz. Por tanto esa imagen de división, en realidad, es función de una pretendida unión que no puede existir. Si bien decíamos que las discontinuidades no existen, es verdad que los procesos históricos reversibles tampoco. Así, cuando se rompe la continuidad la función desaparece.

No es de extrañar que el tema legitimista haya sido la punta de lanza de la lucha del Tradicionalismo. En este caso, y al estar ligado directamente a una legitimidad de origen dinástico, la continuidad no es función del acuerdo o desacuerdo de distintas opiniones, no olvidemos que al fin y al cabo cada hombre es capaz de sostener una opinión legítima pero no son todas aplicables, sino de aportar derechos. Digamos que al Carlismo le afectó de distinta manera jurídica el Decreto de Unificación, ya que , al fin y al cabo la Comunión Tradicionalista dependía directamente del mando del rey; fue éste quien, como era de justicia, permitió no sólo el gobierno de las tropas del Requeté al Generalísimo del Ejército, institución en la que quedaban absorbidos los Tercios, sino la administración de la victoria. El rey don Alfonso Carlos I nombró regente a su sobrino don Javier de Borbón Parma. Este nombramiento suponía que, llegado el caso, si nadie tenía mayor derecho que él podía ser nombrado rey el regente como así sucedió en el año de 1957, en que fue declarado como Javier I. La continuidad jurídica está clara, si bien en esto, como en tantas cosas, siempre es fuente de discordia, más por las apetencias de opinión personal, que de justicia. El Carlismo no sufría discontinuidad, y el rey podía informar la acción política de la Causa como creyera conveniente, o probar aquellas que le fueran presentadas y no fueran de su personal iniciativa, que también pudiera ser. Don Javier, en los años finales de su vida, nombró a su hijo don Carlos Hugo regente. Y es aquí, donde la continuidad y la legitimidad se fundamentan en otro principio sustancial, tal cual es la legitimidad de ejercicio. Don Carlos Hugo traicionó los principios de la Santa Tradición, adhiriéndose a las corrientes materialistas y liberales que nunca ha dejado de practicar. Es en ese momento, en vida todavía del rey don Javier I, cuando es nombrado regente el príncipe don Sixto Enrique de Borbón que abandera la Causa traicionada por su hermano don Carlos Hugo. En España, el Carlismo estaba representado por el Partido Carlista, fundado por el entonces regente don Carlos Hugo y que tras su traición sólo representaba los intereses, bastardos, de los renegados y no podía hacer otra cosa que subsistir como partido político pero sin el sustantivo carlista o disolverse. No hicieron nada de eso y hoy por hoy se presta al confusionismo general “reinante”.

Una corriente de opinión carlista en la actualidad es la llamada Comunión Tradicionalista Carlista, que como hemos dejado anteriormente demostrado, por ser corriente de opinión y no derivar del legítimo poder del regente, hoy por hoy don Sixto Enrique, no es continuidad de nada, sino novedosa aparición con apego histórico, eso sí, tal cual pueda ser cualquiera de los grupos “Falange”. Todos ellos, volvemos a decir, respetables como opiniones, pero sin heredad ni legitimidad continuista de los grupos originarios. La actividad del Carlismo se realiza en España a través de la Comunión Tradicionalista y de la Secretaría Política de Su Alteza Real don Sixto Enrique, ente moral con presencia en numerosos ambientes académicos y políticos a los que da forma.

La otra discontinuidad es la del propio Movimiento Nacional. Informado y moldeado a partir de 1939, si bien naciera en el Decreto de Unificación de 1937, se agota a partir de los inicios de los 60. Como hemos visto anteriormente el Movimiento Nacional y su partido (contrasentido de los que lo componían, pues eran movimientos antipartido, independientemente del número) único FET y de las JONS no podía representar jurídicamente, y por lo tanto legalmente, a ninguno de los nombres componentes, ni a la Falange de las JONS de febrero del 1936, ni a la Comunión Tradicionalista, sino que era una cosa nueva y ni heredaba nada, ni de nada era continuista salvo del Decreto de Unificación. El régimen del Generalísimo Franco, ante una presión internacional y nacional acuciante, sometido a los vaivenes de una Iglesia en decadencia, va perfilando con sucesivos gabinetes de tecnócratas una transformación para llevar la dictadura a un régimen democrático de partidos, si bien, permaneciendo los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional que salvarían el cimiento de la catástrofe que supondría el liberalismo y la monarquía parlamentaria, en algo que ya iba sonando como democracia orgánica. Una imagen de eso era algo así que todo igual, pero con partidos. Para esto era necesario contar un partido que representara al Movimiento cuando éste desapareciera, porque desaparecer estaba previsto que lo hiciera, y es cuando surge Fuerza Nueva, un partido político que sería el mayoritario y que mantendría todo bajo control. Pero claro, el hombre es voluble, y la historia se hace con hombres, con esto cuenta Dios, pero no muchos hombres. Así, se suceden las traiciones, la que hunde todo fue la derogación de los Principios Fundamentales del Movimiento y la proclamación de la Constitución de 1978. El centro, ese invento de falangistas (que no quiere decir de la Falange, sino grupo de opinión) es decisivo, para que permitir las mayores aberraciones, las cuales desembocan en traer al PSOE, al Partido Comunista y a toda la morralla expulsada a tiros en la Cruzada de Liberación. Todo esto añadido el apoyo de una ETA que hacía las mayores masacres de la historia, merman las instituciones básicas del Ejército y la Magistratura, hasta llegar al día de hoy. Ni que decir tiene que Fuerza Nueva nunca fue el puntal que se esperaba, bastante hizo don Blas Piñar en defender a tiempo y a destiempo lo que se venía abajo y preparaba el actual estado de cosas. Fue, eso sí, la forma continuista de partido político del Movimiento Nacional una vez finiquitado éste. Como sabemos Fuerza Nueva desaparece de la escena política en 1982, tras no lograr representación parlamentaria. En el año 2004, un grupo de opinión de Fuerza Nueva, funda el partido político Alternativa Española, AES, que no es la continuidad del Movimiento Nacional, no porque no pudiera ser en ello delegada, sino por renuncia expresa a serlo. Nace un nuevo partido, pero no es la continuidad de ningún otro, y no representa ninguna ligazón histórica ni con la Falange ni con el Carlismo. Es otra cosa, algo que por lo que vemos no está del todo perfilado y pueden llevar a líneas muy cercanas a la democracia cristiana de los años 70.