martes 12 de febrero de 2008

La abstención no es permanecer ocioso


Decía San Pío X que "ante el peligro de la religión o del bien público, a nadie le es lícito permanecer ocioso. Ahora bien, los que se esfuerzan por destruir la religión o la sociedad, ponen miras principalmente en apoderarse, si les fuere dado, de la administración pública y en ser nombrados para los cuerpos legislativos".


Esto lo decía el Santo Padre hace ciento dos años, con ocasión de unos comicios municipales en España. La situación de hoy no es comparable, en primer lugar porque los cuerpos sociales están en manos del Maligno, introducido por la democracia liberal; y en segundo lugar porque los enemigos de la religión no están en el mundo, sino dentro de las mismas piedras vivas del templo de Dios. Hoy por hoy, ante el ineludible deber de presentar la política católica como parte y facción, sólo un partido católico, sin otra mira que la Soberanía social de Jesucristo, puede enfrentarse eficazmente contra el peligro de ser o no ser de la Religión y de la Patria. Así, recuperando las palabras de San Pío X, "dejados a un lado los intereses de partido, trabajen con denuedo por la incoluminidad de la religión y de la patria, procurando con empeño sobre todo, esto; a saber: que tanto las asambleas administrativas como las políticas o del reino vayan aquellos que, consideradas las condiciones de cada elección y las circunstancias de los tiempos y de los lugares, parezca que han de mirar mejor por los intereses de la religión y de la patria en el ejercicio de cargo público."


Por todo ello, mientras no haya un pronunciamiento valiente, recuperando la doctrina de siempre en cuanto a la obligación de instaurar todo en Cristo, por supuesto incluído el orden político y social, la mejor manera de no permanecer ociosos es combatir el sistema que auspicia el apartamiento de Dios de la sociedad, y por ahora, esa manera es la abstención habida cuenta de la falta de posicionamiento doctrinal urgente, claro y sin ningún tipo de ambigüedad por quien ostenta la autoridad y olvida negligentemente su ejercicio. Pasados han ya los años del mal menor, no aplican las viejas fórmulas, el problema es que las instituciones se han abandonado, y ahora estamos o en reconquistarlas, o en darlas por perdidas para siempre. No nos resignamos a lo segundo, he ahí nuestra lucha.