
Hay situaciones en las cuales uno se juzga, mal por esa debilidad de la naturaleza humana caida, sobre los acontecimientos pasados en los lamentos del si. Si hubiera hecho esto; si hubiera hecho lo otro; si hubiera apoyado a mengano; si hubiera luchado contra fulano. Cuando, además, ese juicio lo realizamos en tercera persona, añadiéndole el anacronismo, de tal manera que el "si" autolatismero, se convierte en el "por su culpa", nuestra imaginación se desborda, y con ella, nuestra voluntad se desordena y se ve incapacitada para albergar otra cosa que no sea rechazo y espíritu de diferenciación, mala diferenciación. Ese celo amargo que embadurna asquerosamente nuestro entendiemiento y resfría la caridad. Por supuesto que no hago referencia a esas culpas propias, las cuales nos pasan desapercibidas como he dicho antes, sino a esos comportamientos que sin saber el porqué actual, sólo al final del día, que será el de nuestra partida definitiva, entenderemos su sentido. No obstante, y poniéndome hoy en el lugar de todos esos terceros, muertos en glorioso acto de servicio martirial, criticados por los los que nunca han despuntado más que el filo de su viperina lengua partidista, me permito decirles aquello dedicado a la Legión por la "Môme Piaf" en 1961, y que tantas veces entonaron los legionarios tras la traición de De Gaulle:
No, nada de nada,
no, no me lamento de nada,
ni del bien recibido,
ni del mal,
todo eso me da igual.
No, nada de nada,
no, no me lamento de nada,
está barrido,
pagado,
olvidado.
Me río de lo pasado.
Con mis recuerdos,
encendí el fuego
¡Mis penas,
mis placeres,
no necesito ya ellos!
¡Barridos los amores
con sus tremolar,
barridos por siempre!
Vuelvo a comenzar desde cero.
¡No, nada de nada,
no, lamento nada!
Ni del bien recibido,
ni el mal;
¡todo eso me da igual!
¡No, nada de nada,
no, lamento nada!
¡Ya que mi vida,
ya que me alegrías
hoy
todo eso comienza contigo!


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