jueves 20 de diciembre de 2007

Santa Navidad

Con nuestros mejores deseos, para todos los hombres de buena voluntad, de una Navidad santa y de un 2008 del que podamos decir al finalizar que fue, en verdad, el año del Señor (A.D.), como lo hicimos al iniciar este año que termina. Que Dios nos dé su gracia para perseverar en este amor y en este valor de combate diario.

¡Ven Señor Jesús!¡Reinad, Señor, sí reinad!


Volveremos, si Dios quiere, después de la Epifanía.

miércoles 19 de diciembre de 2007

Miércoles de Témporas, 2007, A.D.



-¿La mula?

-Señor, la mula

está cansada y se duerme,

ya no puede dar al niño

un aliento que no tiene.


-¿La paja?

-Señor, la paja

bajo su cuerpo se extiende

como una pequeña cruz

dorada pero doliente.


-¿La Virgen?

-Señor, la Virgen

sigue llorando.


-¿La nieve?

-Sigue cayendo;

hace frío

entre la mula y el buey.


-¿Y el niño?

-Señor, el niño

ya empieza a mortalecerse

y está temblando en la cuna

como el junco en la corriente.


-Todo está bien.

-Señor, pero…

-Todo está bien.

Lentamente

el ángel plegó sus alas

Y volvió junto al pesebre.


Luis Rosales. “Retablo de Navidad

martes 18 de diciembre de 2007

Algo huele muy mal


Y ese algo es el tema del aborto. Es raro, rarísimo, que este sistema genocida que lleva masacrando inocentes nonatos desde 1985, se dedique ahora a meter en la cárcel a los transgresores de los motivos de despenalización. No es que no nos encante la idea de que los criminales vayan a la cárcel y se haga justicia, es que sospechamos. ¿Y cuáles son los indicios racionales de la sospecha? Los resumimos a continuación:


1º Diversas plataformas "pro vida" y asociaciones cívicas "colaterales" en yuxtaposición con "nuevas realidades eclesiales", es decir, el liberalismo conservador; se han unido recientemente para reclamar el "cumplimiento íntegro de la ley del aborto". Sobre esto ya nos hemos pronunciado. Las argumentaciones técnico-leguleyas, para el apoyo del malminorismo, de algunos son despreciables, por lo menos para nosotros que no buscamos ni ansiamos el mal menor, sino el bien común y la justicia.


2º El Psoe, en cuyo programa electoral estaba la ampliación del modelo de despenalización del aborto incorporando tramos en lugar de supuestos, no se ha cumplido; y no por falta de ganas, sino por amplitud de frentes. En esto hay que reconocer que son bastante prudentes, y en lugar de abrir un frente de ataque demasiado amplio, al que correspondería una reacción casi imprevisible por la amplitud, han preferido atacar en baluartes fundamentales y mantener la posición. Así la equiparación homosexual con el matrimonio civil, la ley de memoria histórica y la ley de educación. Sea como sea, y por mucho que ganen los chicos del Poncio Pilato (Pp) las próxima elecciones, esas posiciones se habrán conquistado y nada peligrará su estabilidad. Lo que peligra es la condición humana, pero eso ¿a quién le importa? Bien, pues ahora sabemos que en el aquelarre donde se reúnen estos masones e hijos de Satanás, se considera fundamental para la próxima legislatura cumplir con lo lo incumplido sobre el aborto.


3º La Jerarquía de la Iglesia de la publicidad exhorta a una concentración en la Plaza de Colón en defensa de la familia cristiana. Sabedores, quizás, de que más vale mantenerse en la legislación injusta actual que ampliar a más la injusticia, y demostrando judicialmente de que se pueden meter en chirona a los infractores, verían con buenos ojos mantener el statu quo del aborto, es decir, mantener la posición, antes que entregarle otro pilar social al enemigo.


Bien visto, y ante las posibilidades reales de triunfo electoral, el voto útil para las próximas generales lo tiene asegurado el cobarde e inicuo Partido Popular, y esta sería la línea de trabajo. Con jueces, más vale tarde que nunca, conservadores y católicos que antes, como don Jesús Cardenal, pasaban por alto estas atrocidades, y ahora, gracias a Dios, se meten de lleno en su oficio y cierran y persiguen a los criminales abortistas, si bien por ese efecto/afecto "Capone" del que también hemos hablado con anterioridad.


Al Tercio de Acción Política, y a otras opciones que defienden el orden social cristiano (tal cual, sin estupideces de humanismo, personalismo, existencialismo, democratismo, etc. ni gaitas similares), se les pone muy cuesta arriba el llevar un mensaje de JUSTICIA SOCIAL y que el mismo sea inteligible y comprensible a los hombres de buena voluntad, para las próximas elecciones generales. El sistema se protege, y mientras no se renuncie a los mitos del lenguaje, el liberalismo tiene ganada la partida.


Es curioso, que mientras el Tercio, y similares, nos debemos esforzar en comprender a los demás y hacer pedagogía por aproximaciones sucesivas, los demás son manipulados por aquellos que tienen la obligación grave de defenderlos, y que además, tienen la provisión (entiéndase gracia) necesaria para hacerlo. Podríamos crear eso que los grandes sociólogos, denominados "gurús", llaman "think tags" que no es más que crear una marca en base a unas necesidades ficticias, no reales, pero convertidas en reales por el pensamiento inmanentista imperante, y así ganar un puñado de votos, un puñado de concejales, un puñado de amigos Obispos, un puñado de colegios, un puñado de diputados, e inclusive, un buen puñado de promotores y dinerito. Sí, tendríamos un puñado de todo eso, pero no habríamos conseguido tratar, y servir, a los hombres, como los hombres deben ser tratados, y servidos, como "templos del Espíritu Santo", como "portadores de valores eternos". Y si no somos capaces de tratar al hombre según la propia concepción trascendente que profesamos, no somos dignos de nada. Y si no somos dignos de nada, lo mejor que podemos hacer es desaparecer. Pues, como no podemos ni debemos, ni nos da la gana, de desaparecer; y pues, como no estamos aquí para ganar un puñado de cosas mateariales, sino para servir, lo sentimos, pero: ¡a hacer puñetas el voto útil! Y a enfrentarnos con todos aquellos que nos acusen de dividir el voto, de hacer el juego a la izquierda, de no entender los tiempos modernos...ect. Efectivamente, no entendemos los tiempos modernos, pero no por nuestras entendederas, sino porque los tiempos modernos son ininteligibles, no son racionales, no son científicos, son la gran estupidez de todos los tiempos. El Tercio seguirá con su plantemiento racional, la política es arte y ciencia, en el siglo en el que está, en el XXI, pero manteniendo el corazón medieval, es decir, el corazón hacia arriba, hacia Dios.

lunes 17 de diciembre de 2007

El Cardenal Arzobispo de Madrid exhorta:


Mis queridos diocesanos:

El próximo 30 de Diciembre, solemnidad de la Sagrada Familia, tendrá lugar en nuestra Diócesis una gran celebración con el lema Por la familia cristiana para vivir festivamente el gran don de la familia santificada por la Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios. Esta iniciativa de movimientos y nuevas realidades eclesiales, que acojo gustosamente en nuestra Diócesis, pretende apoyar a la familia cristiana mediante el anuncio explícito de la verdad que la Iglesia católica nos enseña sobre ella. Se harán presentes los Sres. Cardenales de España, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, los obispos de la Provincia Eclesiástica y los que quieran unirse a dicho acto.


Esta celebración se realiza en el marco de la transmisión de la fe, sobre la que venimos trabajando en nuestra Archidiócesis de tiempo atrás. Más concretamente, se inscribe en el desarrollo de una misión destinada a los jóvenes que este curso de 2007-2008 se extiende a las familias jóvenes que necesitan apoyo, compañía y orientación. Providencialmente, este acto tendrá lugar justamente cuando celebramos el XXV aniversario de la visita del inolvidable siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, que vino por vez primera a España en 1982. Quienes asistieron a la misa de las familias, celebrada muy de cerca de donde tendrá lugar nuestro encuentro, no olvidan la fuerza, la claridad y el amor con que Juan Pablo II anunció a las familias el plan de Dios sobre el matrimonio, la familia y las consecuencias que se derivan del mismo: la defensa de la vida, la unión indisoluble del matrimonio entre hombre y mujer, el significado trascendente del amor conyugal, el derecho insustituible e ineludible de los padres a educar a sus hijos según sus propias convicciones.


Os exhorto, pues, a participar familiarmente en este momento de gracia como testimonio de lo que creemos y vivimos en un momento crucial en el que la familia, tanto en España como en Europa, sufre fuertes amenazas. Como cristianos queremos anunciar el evangelio de la familia para iluminar y sostener a las familias cristianas, ya muchas otras que sin compartir nuestra fe sintonizan con la sensibilidad eclesial, en su identidad y misión en la sociedad.


Queremos vivir este encuentro como un modo de celebrar festivamente la solemnidad de la Sagrada Familia de manera que las familias cristianas vivan su vocación de verdaderas iglesias domésticas que por el testimonio de su vida atraigan a otras a realizarse según el modelo dado por Dios en la familia de Nazareth.


Que Jesús, María y José nos ayuden en este empeño y bendigan a todas las familias con la alegría que nos trae la Navidad.


Con todo afecto, mis deseos de una celebración santa y gozosa de la Natividad del Señor y mi bendición.

Antonio María Rouco Varela


Nos consta que el Sr. Cardenal ha invitado de forma particular, como familias, a representantes políticos. A fecha de hoy ningún representante político de este Tercio ha recibido ninguna invitación particular, ni la esperan, claro. Sobre la iniciativa apostólica nada debemos --ni podemos, ni queremos-- de decir, pues, no es de nuestra incumbencia política. Ahora bien, sobre la invitación de militantes reconocidos de partidos políticos democráticos y liberales, nos parece una manipulación y un exceso de autoridad, no con respecto a esos representantes, sino con respecto a los potenciales votantes, pues, claramente es dejar constancia de cuáles son las preferencias eclesiales en política, que lamentamos sean las partitocráticas que ofenden precisamente a todo el orden social querido por Dios, y como parte fundamental de ese orden social a la familia. Nos parece un desatino, político. Pero qué le vamos hacer. Al fin y al cabo este hijo criminal y demente de sistema liberal, aun criminal y demente, no deja de ser hijo y más se le proteje por sangre que por razón. Pues, nada, sigan ustedes con su niño, hala, ya tienen niño, pero eso nos le convierte en seguidores de la Sagrada Familia de Nazareth, sino en fornicadores, pues, el niño les ha venido fruto de la fornicación con la gran ramera.

viernes 14 de diciembre de 2007

Defensa de la Hispanidad, un comentario.


Buscar en la historia el camino que nos trajo al presente, desenmascarar las huellas más auténticas de lo español, en sangre y en espíritu, y dar después a ese hallazgo aplicación al momento actual es, dicho en breves líneas, la estructura de todo un movimiento ideológico, de toda una creencia en el pasado como norma y guía del porvenir. El que la profesa vuelve, desde el ahora, su mirada al ayer, anhelante de seguir el hilo de nuestra senda, y de columbrar en perspectiva los acontecimientos que nos han empujado a lo que somos, para discernir con empeño en qué erramos y en qué acertamos, y sacar escozor de los errores, y de los aciertos esperanza. Una actitud que, en definitiva, es la clásica de Tito Livio en el prefacio de su historia, y, además, casi connatural a todo historiador, porque se basa en la lección de la experiencia, y en el peculiarísimo provecho que el hombre, como ser libre, sabe sacar de ella.


Caso curioso el que un escritor que tan conforme parece estar hoy con los principios arriba expuestos, estuviera, allá «en el atropello del 98», en pugna con el que mejor los representaba entonces, con Menéndez y Pelayo. Pero el ansia de verdad alentaba en Ramiro de Maeztu. Hombre auténtico, celoso de que su inquieta búsqueda se colmara de luz, prefirió el camino a la posada. Y hoy, en este libro, donde recoge siete años de meditaciones sobre la Hispanidad, nos ofrece su hallazgo: la Hispanidad misma, reflejada en el espejo de unas páginas geniales. Obra de madurez, magistral, donde la juventud debe empapar su corazón Y su frente. Resurgirá a su lectura el espíritu hispánico, fructificando al aliento de estas ideas inmortales con que Maeztu nos está hoy revelando nuestro propio secreto. Por eso su obra resuena tan hondamente en nosotros.


Las sugerencias se suceden a lo largo de todo el libro, empezando en el título, que es, por lo menos, un grito elemental de alarma. Quizás el más radical de los que puede expresar el ser que todavía no ha muerto, pero que está en peligro de morir, y por ser este grito de defensa radical y último, es también el primero. Sólo así puede afirmar Maeztu que «ser es defenderse». Pero si así es, nos preguntamos, ¿cómo esa extraña paradoja de nuestra historia contemporánea, en la cual nos vemos en perenne abandono de nuestro ideal por seguir el extranjero? Si ser es defenderse, ¿cómo no nos hemos defendido, automáticamente, sin aguardar la voz de nadie, sin necesidad que nadie nos haga la defensa de lo que es nuestro? ¿No nos iba en ella nuestra vida? «Creer que depende de nuestra voluntad ser o no castizos –dice a este propósito un ensayo de Ortega y Gasset– es conocer demasiado poco el determinismo de la raza. Queramos o no, somos españoles, y huelga, por tanto, que encima de esto se nos impere que debemos serlo». (El espectador, tomo II, pág. 131). Pero una actitud como esa ante la Patria es la inversa de la que sostiene Maeztu.


Porque éste siente que la Patria se puede perder lo mismo que se puede ganar, y que esta pérdida o ganancia depende de nuestra voluntad, radica en que somos libres, en que por encima de ese determinismo de la raza alienta la libertad de ser o de no ser, la elección entre defenderse o perderse. La Patria es espíritu. «Por lo que hace a la Patria, en cuanto la Patria es espíritu y no tierra, es el ser mismo. Nuestra inquietud respecto de la Patria es, en verdad, su quinta esencia. Somos nosotros, y no ella, los que hemos de vivir en centinela; nos hemos de anticipar a los peligros que la acechan, sentir por ella la angustia cósmica con que todos los seres vivos se defienden de la muerte, velar por su honra y buena fama, y reparar, si fuese necesario, los descuidos de otras generaciones» (pág. 37).


Es característico, en algunos admiradores de nuestro pasado, el dejarse absorber por el deslumbramiento de su esplendor, incapacitándose, por consiguiente, para atender a lo perentorio y diario. No ocurre así con Maeztu. Su pluma es la de un combatiente de nuestros días, que razona con argumentos vivos, sin el encogimiento del que se refugia en la blandura de un ayer soñado, por miedo a que le hiera la dureza de la realidad cotidiana. La pluma de Maeztu se mueve en un ámbito de lucha, que es el que hace que este libro sea, no sólo de defensa, sino también de ataque. Y hay que reconocer que las armas se las proporcionan los eventos del mundo cultural y económico de nuestros días. Además, la fuerza del ideal enemigo «disminuye con las crisis de las grandes naciones de Occidente, que no es transitoria, sino definitiva, por haber fracasado los principios ideales que las guiaban, con su consiguiente desprestigio, que las ha hecho perder el poder de fascinación que ejercían... sobre nuestros países» (pág. 210). Hoy es, en cambio, España la que tiene el secreto de la salvación del mundo. ¡Espléndida fe la que sustenta este hombre en nuestras ruinas! Oigámosle: «Si ahora vuelven algunos espíritus alertas los ojos hacia la España del siglo XVI es porque creyó en la verdad objetiva y en la verdad moral. Creyó que lo bueno debe ser bueno para todos, y que hay un derecho común a todo el mundo, porque el favorito de sus dogmas era la unidad del género humano y la igualdad esencial de los hombres, fundada en su posibilidad de salvación. En los siglos XVIII y XIX han prevalecido las creencias opuestas. Por negación de la verdad objetiva se ha sostenido que los hombres no podían entenderse. En este supuesto de una Babel universal se ha fundamentado la libertad para todas las doctrinas y, así postulada la incomprensión de todos, ha sido necesario concebir el derecho como el mandato de la voluntad más fuerte o de la mayoría de las voluntades, y no como el dictado de la razón ordenada al bien común.


»Ello ha conducido al mundo a donde tenía que llevarle: a la guerra de todos contra todos. En lo interno, a la guerra de clases; en lo exterior, a la guerra universal, seguida de la rivalidad de los armamentos, que es la continuación de la guerra pasada y la preparación de la venidera. Y como la España del siglo XVI, frente a este caos, representaba, con su Monarquía católica, el principio de unidad –la unidad de la Cristiandad, la unidad del género humano, la unidad de los principios fundamentales del derecho natural y del derecho de gentes y aun la unidad física del mundo y la de la civilización frente a la barbarie–, los ojos angustiados por la actual incoherencia de los pueblos tienen que volverse a la epopeya hispánica y a los principios de la Hispanidad, por razones análogas a las que movieron a la Iglesia durante la Edad Media, a resucitar, en lo posible, el Imperio romano» (pág. 195).


Da gusto ver la naturalidad con que se desenvuelven bajo la pluma del autor los conceptos religiosos junto a los patrióticos. Y esta naturalidad se nos antoja preñada de alegría. La alegría sin orgullo del que siente el privilegio de ser un católico español, ¡ah!, y esto no es poco. Significa reconocer la ausencia de conflictos entre la naturaleza y la sobrenaturaleza, entre el tiempo y la eternidad, entre este mundo y el otro. Por el camino de la historia de España se llega al cielo. Se unieron la Iglesia y España, y nació nuestro arte, y nuestra literatura, y nuestra ciencia. Nació nuestro valor ante Dios y ante el mundo. Lo que somos y lo que hemos dado. Y esta alegría no pueden sentirla los católicos de otros países cuando piensan en su historia, llena de conflictos entre la Iglesia y el siglo. Esto es lo que hace que el nacionalismo no sea, desde el punto de vista católico, una doctrina de validez universal, esto es, científica. Porque no todas las naciones poseen en su historia las características de la nuestra. Un inglés católico, por ejemplo, al tener que enfrentarse con los últimos siglos de su patria, y, por tanto, con la Reforma y el Cisma, no podrá exaltar, como afecto a la Iglesia, esa actitud hostil de su patria para con ella; no podrá, en suma, adscribirse a un nacionalismo inglés. Un católico español, en cambio, puede, para consigo, hablar de nacionalismo. Pero subrayo el para consigo, pues en cuanto pretenda dar validez universal a su doctrina topará forzosamente con la anticatolicidad de otras naciones. Y lo malo es que a veces, desde su sano patriotismo, hay españoles que hacen esta generalización y se entusiasman con movimientos nacionalistas de otros países; creen que su propio privilegio, el de su agraciada historia, le poseen también las otras naciones, y yerran totalmente al sumarse con el pensamiento a tales movimientos, esto es, al imitarlos. Y es que en el fondo esos españoles ignoran el credo de su propia patria, que siempre ha enseñado a salvar el destino universal de todos los hombres antes que el nacional de unos cuantos, porque sólo en función de aquél tiene sentido éste, y no a la inversa.


Esto es lo que creyó la Hispanidad, y lo que da a este libro que la descubre y refleja su carácter mejor, su cristianismo. Cuando en el Preludio cita Maeztu el verso de Ovidio «Impetus ille sacer qui vatum pectora nutrit» adivinamos que en ese ímpetu sagrado, que es la corriente histórica de que han de alimentarse los pueblos, simbolizaba Maeztu, puestos los ojos en nuestra epopeya católica, un ímpetu más alto aún, y que es el del Espíritu Santo.


Leopoldo Eulogio Palacios

jueves 13 de diciembre de 2007

La necesidad es ejercicio del hombre libre




Desde los primeros pasos del cristianismo, en su lucha contra los errores gnósticos, aparece como la presciencia de Dios no ejerce necesidad determinista, sino voluntarista y por ello obligatoriedad moral. Se olvidan hoy muchos de que esa voluntad no será nunca forzada, y por lo tanto, y para ser claros y concisos, las cosas no nos vendrán llovodas del cielo, sino que serán provisionadas si se buscan. A este respect, ¿cuál es la apremiante necesidad actual? Está claro que la reconquista del orden social cristiano, y el primer estadio, el primer paso de esa consecución, debe empezar, en lo público, por la reconstrucción de l derecho público cristiano. Por ello, reproducimos seguidamente el magistral artículo del profesor Miguel Ayuso sobre el particular:




LA AMBIVALENCIA DE LA LAICIDAD Y LA PERMANENCIA DEL LAICISMO: LA NECESIDAD DE RECONSTITUIR EL DERECHO PÚBLICO CRISTIANO




Prof. Sr. D. MIGUEL AYUSO




1. De nominibus non est disputandum? o Res denominatur a potiori? Laicismo y laicidad. Dos términos emparentados. Con significados, por lo mismo, entrelazados. El primero, lo denota el sufijo “ismo”, ligado a una ideología. Una ideología, la liberal, basada en la marginación de la Iglesia de las realidades humanas y sociales. En efecto, el naturalismo racionalista puesto por obra en la Revolución liberal, y condenado por el magisterio de la Iglesia, recibió entre otros el nombre de laicismo. El segundo, relacionado en su inicio con una situación generada por esa ideología en la Francia del último tercio del ochocientos. Así pues, laicismo y laicidad como términos que expresan un mismo concepto.



Hoy, en cambio, parece que hay sectores interesados en contraponerlos. Principalmente el “clericalismo” (tomando el término en el sentido que le daba Augusto del Noce , esto es, la subordinación del discurso político e intelectual católico al dominante en cada momento) y la democracia cristiana. El laicismo agresivo se diferenciaría, así, de la laicidad respetuosa, y la pareja “laicismo y laicidad” se interpretaría disyuntivamente como “laicismo o laicidad”. Pero, ¿resulta fundada una tal oposición? ¿O más bien es dado hallar en la misma un simple matiz entre dos versiones de una misma ideología? Un indicio, entre muchos, y de singular relevancia, nos conduce hacia esta segunda posibilidad: la protesta que hacen los secuaces de la laicidad de respetar la “separación” entre la Iglesia y el Estado, con el consiguiente rechazo de la tesis del Estado católico. Ahora bien, la Iglesia no puede (sin traicionar su misión) dejar de afirmar que hay una ley moral natural, que Ella custodia, y a la que los poderes públicos deben someterse . Esto es, el núcleo del Estado (que no es el Estado moderno sino la comunidad política clásica) católico, de lo que se llama con terminología de origen protestante la “confesionalidad del Estado”, y –con denominación tradicional que presupone una mayoría sociológica– “unidad católica” . Cuando se afirma que “ninguna confesión (religiosa) tendrá carácter estatal” –según hace, por ejemplo, el artículo 16 de la Constitución española– podría pensarse que no se ha salido del ámbito de esa tesis tradicional, ya que el Estado católico lejos de estatalizar la religión, se somete a su invariante moral del orden político . En la práctica, sin embargo, lo que se está postulando es el agnosticismo político, que no puede sino concluir exigiendo la sumisión de la Iglesia (previo olvido de su misión de garante de esa ortodoxia pública) al Estado: la “laicidad del Estado” siempre termina en la “laicidad de la Iglesia” , esto es, en la pretensión de que ésta renuncie a su misión y se limite a ofertar su “producto” (pura opción) dentro del respeto de las reglas del “mercado”. Esta ha sido siempre la lógica de la laicidad, pero que ahora –pasado el momento fuerte de las “religiones civiles”– se evidencia con toda claridad. Por lo mismo, ante la falsa oposición entre laicismo y laicidad debe proclamarse que “ni laicismo ni laicidad”.




2. Al principio... Non est potestas nisi a Deo. Sin embargo, no siempre se produjo la confusión de hoy. No es del caso trazar la historia de las relaciones entre religión y política . Pero quizá sí lo sea recordar la constante de su vinculación recíproca y también el carácter moral de las instituciones y del poder político. Éste no es simple fuerza, sino que viene modalizado por su dimensión humana y moral . Tanto en su origen, pues no hay poder que no venga de Dios, como en su ejercicio, ya que se orienta al fin de –disciplinando las relaciones entre los hombres en sociedad– permitir que éstos sean más plenamente hombres. De ahí se deduce la exigencia (moral y aun religiosa) de obedecer los dictados del poder, cualquiera que sea el gobernante, pero también la posibilidad de desautorizarlo (en principio en cuanto a actos singulares, pudiendo llegar incluso a la resistencia y, en la escuela española, al tiranicidio) cuando deja de orientarse a su finalidad . Igualmente, ese fundamento religioso del origen y ejercicio del poder no elimina su autonomía.




En puridad esto ha ocurrido siempre, en el seno de cualquier civilización, pues la teocracia (por lo demás desconocida en el mundo cristiano pero no en otros universos culturales) no deja de ser un doble “truco” para disimular que en realidad Dios no gobierna directamente el mundo, sino por medio de causas segundas, y que hacer del gobernante el oráculo de Dios destruye la acción humana como libre y responsable, presidida por la virtud de la prudencia . Sin embargo, aunque la autonomía del poder temporal respecto del espiritual se pueda encontrar en el fondo de cualquier civilización, cuando se acierta a destapar –como se ha visto– el truco mendaz de la teocracia, su articulación más plena pertenece sólo al cristianismo. Éste conoce cosas de Dios y cosas del César. Éste exige también la Iglesia, distinta –a lo largo del tiempo– del Imperio, de los reinos y del Estado, constituida en autoridad que limita las potestades temporales. Así pertenece en exclusiva al cristianismo la existencia de un ámbito profano, laico, “distinto” pero no “separado” del ámbito religioso . Lo que se conoce como el régimen de Cristiandad articula esa dualidad, armónica y convergente más que polémica, aunque no exenta de conflictos, causados de sólito por la pretensión del poder temporal de arrogarse el derecho de definir la verdad (propio de la autoridad) o, en otras ocasiones, por el envilecimiento de ésta al conducirse como un poder. El cuadro de la Cristiandad, con sus luces y sus sombras, es de –en la famosa descripción leonina– la dichosa edad aquella en que la filosofía cristiana gobernaba las comunidades .




3. El Estado moderno y sus transformaciones: la puesta en plural del pecado original y la doctrina social de la Iglesia como contestación cristiana del mundo moderno. Esta autonomía de lo temporal, tras el surgimiento del Estado, sufrirá una inflexión. El Estado, que es un orden territorial cerrado, nació para poner fin a las guerras de religión, de las que el mundo hispánico se vio libre por su unidad católica, de modo que se asentó como instancia de neutralización, indiferente ante las religiones. Pero, por otra parte, la Reforma protestante puso en marcha un proceso de secularización cuyas fases se han ido apurando hasta llegar a la situación presente . Primero independizando el orden humano del divino y dejando la religión como puro elemento político: cuius regio, eius et religio. Después poniendo el fundamento de la comunidad de los hombres en la voluntad humana, verdadera puesta en plural del pecado original . Más adelante, separando las distintas formas de la sociabilidad humana del influjo religioso, alcanzando –finalmente– hasta la propia familia en tal empeño . La cuestión teológica y moral se hace política, social y familiar. De ahí el surgimiento de la doctrina social y política de la Iglesia stricto sensu(lato sensu es muy anterior), pues conforme la herejía se va tornando política y social, la respuesta a la misma ha de desenvolverse en ese orden: por eso el magisterio eclesiástico haya tenido en la edad contemporánea el carácter diferencial de ocuparse, de un modo inusitado en siglos anteriores, de cuestiones de orden político, cultural, económico-social etc. La doctrina social de la Iglesia aparece, por lo mismo, vinculada a la teología, y más concretamente a la teología moral, lo que la separa tajantemente de ideologías y programas políticos. Brota de formular cuidadosamente los resultados de la reflexión sobre la vida del hombre en sociedad a la luz de la fe y busca orientar la conducta cristiana desde un ángulo práctico-práctico o pastoral, por lo que no puede desgajarse de la realidad que los signos de los tiempos imponen y que exige una constante actualización del “carisma profético” que pertenece a la Iglesia. En consecuencia, concierne directamente a la misión evangelizadora de la Iglesia, ofreciéndonos todo un cuerpo de doctrina centrado en la proclamación del Reino de Cristo sobre las sociedades humanas como condición única de su ordenación justa y de su vida progresiva y pacífica. En puridad tal doctrina no es meramente reactiva, sino afirmativa, aunque incorpore elementos de rechazo del mundo moderno, por lo que converge con la doctrina y las acciones denominadas contrarrevolucionarias, esto es, opuestas a la Revolución, entendida ésta como acción descristianizadora sistemática por medio del influjo de las ideas e instituciones . De consuno, pues, la filosofía política contrarrevolucionaria y la doctrina social de la Iglesia han consistido en una suerte de “contestación cristiana del mundo moderno”. Hoy, no sé hasta qué punto su sentido histórico –el de ambas, aunque de modo distinto– está en trance de difuminarse, pero en su raíz no significó sino la comprensión de que los métodos intelectuales y, por ende, sus consecuencias prácticas y políticas, del mundo moderno, de la revolución, eran ajenos y contrarios al orden sobrenatural, y no en el mero sentido de un orden natural que desconoce la gracia, mas en el radical de que son tan extraños a la naturaleza como a la gracia .




4. La ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política. De ahí que se pueda afirmar como moralmente cierta, sin caer en confusión de planos o incurrir en una interpretación errónea de lo que pertenece al Evangelio y a la vida cristiana, la conexión entre los procesos políticos y la descristianización que se ha producido en los últimos siglos, especialmente en los últimos decenios, de modo singular en España: “Precisamente porque aquel lenguaje profético del Magisterio ilumina, con luz sobrenatural venida de Dios mismo, algo que resulta también patente a la experiencia social y al análisis filosófico de las corrientes e ideologías a las que atribuimos aquel intrínseco efecto descristianizador. Lo que el estudio y la docilidad al Magisterio pontificio ponen en claro, y dejan fuera de toda duda, es que los movimientos políticos y sociales que han caracterizado el curso de la humanidad contemporánea en los últimos siglos, no son sólo opciones de orden ideológico o de preferencia por tal o cual sistema de organización de la sociedad política o de la vida económica (...). Son la puesta en práctica en la vida colectiva, en la vida de la sociedad y de la política, del inmanentismo antropocéntrico y antiteístico" . Por eso se ha hablado de “la ruina espiritual de un pueblo por efecto de una política”. Sin embargo, no puede obviarse que tal política, en el caso español objeto de examen, y aun en una consideración más universal, fue no sólo avalada sino en algún modo incluso impulsada por el Vaticano, que estaría en el origen de esa política que habría producido la ruina espiritual de nuestro pueblo. La trayectoria histórica de España en relación con la presencia socialmente operante de la fe católica ha presentado, sin duda, caracteres especiales en la Edad moderna, ligados a la identificación de España con la Cristiandad decadente, a la que sucede tras la expansión americana en una suerte de christianitas minor que prolongó el primado de la Iglesia cuando en el “concierto europeo” comenzaba a imponerse el primado del Estado (moderno). En la Edad contemporánea, por su parte, la revolución liberal, tras la senda de la –entre nosotros– excepcional heterodoxia del dieciocho, introdujo una herida en esa cristiandad de residuo, dejando sólo una christianitas minima, la del pueblo tradicional en combate –bélico con frecuencia– contra la pretensión de fundar un “orden” neutro, coexistente, sin referencia a la comunidad de fe y prescindente de la unidad católica . Varias veces derrotada, pero nunca vencida definitivamente, rebrotará en el siglo XX en la ocasión singular de la guerra de 1936-1939 y sólo parecerá secarse con los cambios del desarrollismo tecnocrático de los sesenta y, sobre todo, tras el cambio constitucional que implicó un fugaz éxito de la aconfesionalidad, con la “nueva laicidad”, esto es, la que no se alza contra la Iglesia sino que la ha penetrado hasta el punto de asumir la “separación” del orden temporal y del religioso. La nueva laicidad no es otra que el viejo laicismo, en versión postmoderna, en el fondo radicalizada por su carga disolvente, y que ha invadido a la propia Iglesia. Así, el arbusto se ha convertido en un gran árbol cuya sombra llega a donde nunca se hubiera sospechado .




5. Las incoherencias de la predicación actual y la reedificación del derecho público cristiano. Por ello, en la coyuntura presente el gran asunto es el que un gran obispo español acertó a cincelar en una frase no complaciente: “Iglesia y comunidad política: las incoherencias de la predicación actual descubren la necesidad de reedificar la doctrina de la Iglesia”. Juan Pablo II, en uno de los últimos actos de su pontificado, dirigió una carta a los obispos franceses en el centenario de la Ley francesa de separación de la Iglesia y el Estado, de 1905, condenada por san Pío X en Vehementer nos(1906). En la carta comienza afirmando, por el contrario, que “el principio de la laicidad, al que vuestro país se halla tan ligado, si se comprende bien, pertenece a la doctrina social de la Iglesia”. Frase equívoca, máxime si se tiene en cuenta que se dirige a los obispos de Francia en ocasión de una ley francesa. Pero la ambigüedad se prolonga acto seguido, a través del recordatorio “de la necesidad de una justa separación entre los poderes”. Pues, por vez primera, no es la “distinción” entre los poderes la que se reclama, sino la “separación”. Equívoco agravado por el hecho de que la ley de 1905 llevaba en su rúbrica precisamente el término “separación. Finalmente, la carta da un paso más, al establecer que “el principio de no-confesionalidad del Estado, que es una no-inmisión del poder civil en la vida de la Iglesia y de las diferentes religiones, como en la esfera de lo espiritual, permite que todos los componentes de la sociedad trabajen al servicio de todos y de la comunidad social”. Así pues, no salimos de la ambigüedad en ese terreno. Con graves consecuencias. Pues la Iglesia no acierta a reafirmar el derecho público cristiano

martes 11 de diciembre de 2007

El marco de la actuación del Tercio


Muchas y repetidas, nunca suficientes, veces hemos dicho que el Tercio proclama la Soberanía social de Jesucristo. Habida cuenta de que el término, por falta de uso, puede que no recree una imagen fiel del mismo, o ni siquiera sugiera nada; y como que estamos obligados a ser eficaces con la palabra, transcribimos aquí, el extracto para nuestra aplicación, el último acto doctrinal de la Iglesia en la materia, como fue el Concilio Vaticano II, y más concretamente el decreto conciliar Apostolicam Actuasitatem, sobre el apostolado de los fieles laicos de 18 de noviembre del 1965.


"Instauración cristiana del orden temporal


7. Este en el plan de Dios sobre el mundo, que los hombres restauren concordemente el orden de las cosas temporales y lo perfeccionen sin cesar.


Todo lo que constituye el orden temporal, a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas semejantes, y su evolución y progreso, no solamente son subsidios para el último fin del hombre, sino que tienen un valor propio, que Dios les ha dado, considerados en sí mismos, o como partes del orden temporal: "Y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno" (Gén., 1,31). Esta bondad natural de las cosas recibe una cierta dignidad especial de su relación con la persona humana, para cuyo servicio fueron creadas.


Plugo, por fin, a Dios el aunar todas las cosas, tanto naturales, como sobrenaturales, en Cristo Jesús "para que tenga El la primacía sobre todas las cosas" (Col., 1,18). No obstante, este destino no sólo no priva al orden temporal de su autonomía, de sus propios fines, leyes, ayudas e importancia para el bien de los hombres, sino que más bien lo perfecciona en su valor e importancia propia y, al mismo tiempo, lo equipara a la integra vocación del hombre sobre la tierra.


En el decurso de la historia, el uso de los bienes temporales ha sido desfigurado con graves defectos, porque los hombres, afectados por el pecado original, cayeron frecuentemente en muchos errores acerca del verdadero Dios (1), de la naturaleza, del hombre y de los principios de la ley moral, de donde se siguió la corrupción de las costumbres e instituciones humanas y la no rara conculcación de la persona del hombre. Incluso en nuestros días, no pocos, confiando más de lo debido, en los progresos de las ciencias naturales y de la técnica, caen como en una idolatría de los bienes materiales, haciéndose más bien siervos que señores de ellos.


Es obligación de toda la Iglesia el trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo. A los pastores atañe el manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo, y prestar los auxilios morales y espirituales (2) para instaurar en Cristo el orden de las cosas temporales (3).


Es preciso, con todo, que los laicos tomen como obligación suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos especiales y su responsabilidad propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme con los últimos principios de la vida cristiana, adaptándose a las variadas circunstancias de lugares, tiempos y pueblos. Entre las obras de este apostolado sobresale la acción social de los cristianos, que desea el Santo Concilio se extienda hoy a todo el ámbito temporal, incluso a la cultura".


Hasta aquí el Decreto del II Concilio Vaticano. Se puede callar, se puede ocultar, se puede menospreciar, pero no se puede negar que la Soberanía social de Jesucristo no es un capricho, es una obligación grave para el hombre en general, todo, y todos, están sometidos al orden querido por Dios, pero especialmente grave en conciencia para el seglar. Muchos pastores, precisamente, en lugar de --como es obligación inspirada por el Espíritu-- auxiliar moral y espiritualmente (sic) en esa reconquista del orden social cristiano, lo que hacen es despistar, engañar, mutilar, difamar y perder las almas diciendo que Cristo Rey no es para la política. Estamos de acuerdo en algo. No es para la política, en exclusiva, es para toda la actividad temporal humana: la política, la economía, la educación, las costumbres, el arte, la cultura.


Fieles al último acto dotrinal de la Iglesia católica, que corrobora la Tradición y forma parte del Depósito de la Fe, en el Tercio nos hemos tomado muy en serio esta actuación. Nos hemos asociado y nuestra proclama de amor a España, nuestra lucha por la justicia social, nuestro trabajo cotidiano, tiene un sustrato firme y decidido: Cristo Rey. Simplemente llevamos a la práctica la gracia que en su día se infundió en su nuestras almas de confirmados: soldados de Cristo.


En el Tercio no pedimos. Decimos: "No necesitamos dinero o empleos. Dadnos leyes justas en el país, porque con leyes justas, gracias a nuestro trabajo, tendremos dinero y existencia digna".


Las leyes de España son injustas, ese es el verdadero mal. Y se apoyan en un marco de mayor injusticia, tal cual es la Constitución de 1978. Ley de leyes, que aleja a Dios de la sociedad y concibe al hombre, por sí, como autosuficiente, quitándole su más alta dignidad: ser hijo de Dios. si no gusta, no es nuestro problema; nuestro problema es hacer lo posible para corregir esa tremenda injusticia, que como decimos, es la fuente de todos los males de España: Terrorismo, paro, oligarquía de partidos, usura bancaria, pérdida de identidad nacional, invasión de inmigrante ilegales, delicuencia, drogas. ¿Sorprendidos? No, preguntad si no quién es el responsable de los males de la tierra, sino es la propia malicia humana. Pero si luchamos contra esa bastarda ley, no es para destruir, no. Es para construir. Para levantar los muros de una ciudad católica donde la justicia y la caridad sean la norma de conducta social dependientes del orden sobrenatural.


Aquí no se dan prebendas, como hacen los partidos políticos, dejando a la infeliz muchedumbre de pobres trabajar toda la vida como bestias de carga. Si hemos entrado en el Tercio, no pidamos nada para nosotros, pero demos. Demos alma, demos trabajo, demos sufrimiento, demos todo cuanto tenemos, por el sagrado día de la victoria de la España católica y tradicional.
Al Corazón Inmaculado de María, Virgen Santísima y Patrona de este Tercio, nos encomendamos para ser dignos instrumentos de la Voluntad del Salvador.


Notas:


(1) Esto es las religiones falsas, las sectas y las filosofías degeneradas que sirvieron de base a las formas políticas de la Revolución.


(2) El sacerdote tiene una clara obligación de sostén moral y espiritual en la acción de reconquista del orden social cristiano y debe comprometerse en ello, no de actuación directa ni de intercambio de papeles con el seglar (y menos pasarse al enemigo liberal, ateo y/o rojo), cosa en que, lamentablemente, se ha convertido una parte nada desdeñable de la Iglesia postconciliar, por supuesto, de la que forma parte la Iglesia en España y su Jerarquía, pregonando (como tesis) a los cuatro vientos la aconfesionalidad y neutralidad del Estado en materia religiosa. ¡Menudo apoyo!


(3) Instaurare omnia in Christo, lema pontifical de San Pío X, y que resume la libertad gloriosa de los hijos de Dios, esto es, la Soberanía social de Jesucristo.

lunes 10 de diciembre de 2007

El Tercio en época de elecciones


En la víspera de las elecciones todos los políticos hacen promesas. Todos hacen programas. Y todos, pasados las elecciones, incumplen éstos y aquéllas.


El TEAP no prometerá sino lo que nosotros podemos cumplir. No prometemos dinero, no prometemos diversión, no prometemos empleos. No compramos con dinero los ánimos de los hombres. Los que vienen en nombre de Dios no hacen esto. Solamente aquél que viene en nombre de Satanás compra las almas con dinero, con empleos de funcionario, con falsas ideas que sojuzgan la voluntad en interés oculto.


El Tercio dice: “No prometemos dinero, pero prometemos justicia. No prometemos hacer algo por ti, pero prometemos actuar y luchar por nuestra España y por su unidad católica. Quien quiera luchar por la justicia y por el honor de la Patria, quien quiera actuar por su tierra, quien quiera sacrificarse a nuestro lado, que venga con nosotros”.


¿Está bien así? Sí. Sí, porque las cosas marchan en un país como en una granja. Si en una granja hay tierra buena, rica, dotada de todo aquello que es necesario para una granja; pero si el granjero no es diligente, si es derrochador, si se bebe todo cuanto posee, pelea todo el día, entonces la granja irá a la ruina y sus hijos lo pasarán muy mal. Serán ellos también unos pobres diablos hambrientos. Pero ¿qué pasará si a aquel granjero lo sustituye un hombre honesto, trabajador, diligente? En breve, la granja florecerá y sus hijos también florecerán.


¿No es nuestra tierra como una granja con tierra buena y rica, con todo lo que necesita? Y los españoles ¿no somos hijos de la granja? Y ¿no estamos sedientos y hambrientos de justicia? Pero, cuando cambiemos la granja, entonces ya no será así. Y esto lo hará TEAP. Cambiaremos la granja, esto es, los gobiernos de los partidos y constituirá un gobierno contrarrevolucionario.


Esta es la única promesa que el Tercio hace en época electoral y siempre.


Nosotros trabajamos para que España sea otra vez la nación que jamás dejó de vencer. España debe de reordenarse a su esencia católica. Esperad a que los del TEAP venzan, que se extiendan de un confín a otro de España y entonces veréis las grandes reformas que harán. La leyes que nos han de regir son leyes de gran justicia, leyes que el pueblo espera desde hace mucho tiempo.

sábado 8 de diciembre de 2007

Regina sine labe originali concepta


¡Oh Virgen Santísima! que habéis sido agradable al Señor y os convertisteis en su Madre; Virgen Inmaculada en vuestro cuerpo y en vuestra alma, en vuestra fe y en vuestro amor, mirad con ojos benévolos a los infelices que imploran vuestra poderosa protección.
La serpiente infernal, contra quien fue lanzada la maldición primera, continúa combatiendo y tentando a los pobres hijos de Eva. Vos, Madre nuestra bendita, nuestra Reina y Abogada, Vos que habéis aplastado la cabeza del enemigo desde el primer instante de vuestra concepción, a coged las plegarias que, unidos a Vos en un solo corazón, os rogamos presentéis ante el Trono de Dios, para que jamás nos dejemos arrastrar por las emboscadas que nos son preparadas, sino que todos alcancemos el puerto de salvación, y que en medio de tantos peligros, la Iglesia y la sociedad cristiana canten una vez más el himno de la liberación, de la victoria y de la paz.

Amén.
(Oración de San Pío X, Papa)
Rogad, Madre Nuestra Inmaculada, por España. Salvadnos, Madre, que perecemos.


miércoles 5 de diciembre de 2007

Lanzo mis cartas la fuego.

Lanzo mis cartas al fuego
dejo mi baza pendiente
a un pueblo que está dormido
ignorando de su suerte.

Un millón de hermanos nobles
se mataron frente a frente
y la lección no sirvió
para que el pueblo despierte.

Los campos fueron regados
con sangre de hombres valientes
almas que se durmieron
para que el pueblo despierte.

Mas volvió el capitalismo
con su injusticia imponente
y el pueblo sigue dormido
ignorando de su suerte.

Volvieron gallos cantores
con espolones de muerte
y el pueblo sigue dormido
ignorando de su suerte.

Volvieron ambos verdugos
con su injusticia latente
y el pueblo sigue dormido
ignorando de su suerte.

Padre dame el fusil
madre levanta la frente
novia borda en mi camisa
las flechas para un valiente.

Y subiré al campanario
voltearé campanas fuerte
y gritaré ¡Arriba España!
para que el pueblo despierte.

martes 4 de diciembre de 2007

El síndrome Capone.


El síndrome Capone se resume en pocas palabras: "meter al criminal entre rejas sin importar el delito". Es decir, como todos sabemos, Alfonso Capone fue metido en chirona no por su organización armada pandillera, sino por evasión de impuestos de sus ilegales actividades. Sin pensar mucho, estaremos de acuaerdo de que nos parece una solución excelente, por lo menos desde el punto de vista subjetivo de la venganza, pero, ¿qué ocurre con la justicia? Porque, y esto es importante, no olvidemos que el derecho es un instrumento, una herramienta, y cuanto más sea capaz de fidelizar la justicia, tanto más se seguirá el correcto orden en su aplicación. Tambien, es verdad, el problema se suscita no tanto en el derecho instrumental, sino en la concepción de justicia. Y admite esta tantas concepciones como admite el hombre, y no son tantas, pues, o bien se la define desde el punto de vista teológico, bien desde la razón apartada de toda trascendencia o bien desde la naturaleza sin un orden superior abandonada al primer instinto y pasión. La imagen que nos hagamos no le da la subsistencia al hecho real y objetivo, sino que nos corromperá o nos acrecentará en función de la correcta imagen representada con el ser del objeto. El probelema llega cuando el hombre es capaz de imaginar que todo aquello que es, lo es por la imagen concebida, así se degrada tanto que el sentido común muere acribillado por el síndrome Capone.


La plataforma liberal conservadora Hazte Oír organizó una manifestación con el lema de la exigencia del cumplimiento de la ley del aborto, pretendidamente para manifestar su repulsa a tan execrable crimen. El síndrome Capone, es decir, no reconocer el delito, sino al culpable y castigarlo no por la culpa, sino por la impotencia. Las gentes de buena fe se pueden equivocar, pero Dios no se equivoca. Todos aplauden las querellas. Nosotros las aborrecemos. ¿Y por qué? No por la querella en sí, instrumento neutro, sino porque ese artilugio es defendido, amparado y venerado para condenar acciones más contudentes.


Sí, así han reaccionado siempre los leguleyos del síndrome Capone. Los conocemos muy bien. Y encima dicen a los demás que es su acción la que hace mella y no las demás. ¡Qué! son Dios. No, son hombres idólatras, cobardes que se amparan en la nota de prensa de condena, pero que jamás se mancharán con el barro de la calle. Vacíos, sepulcros blanqueados fruto de un sistema al que reconocen como padre y madre, la pestilente democracia liberal. Son ellos, los que hacen todas esas exhibiciones circenses para lavar sus sucias conciencias, ellos los corruptos, ellos los que "tienen nombes de vivos, pero están muertos".


No. No los apoyaremos, ni ahora, ni nunca.

lunes 3 de diciembre de 2007

La Guardia Civil muere, pero no se rinde.


"Una flor sobre su tumba se marchita, una lágrima sobre su recuerdo se evapora. Una oración por su alma, la recibe Dios."

San Agustín


Por la espalda, vendidos y traicionados por los políticos del Congreso y del Senado, siguen cayendo los miembros del Benemérito Instituto. No, no podemos, ni debemos ni nos da la realísima gana, hacer el minuto laico y cobarde de silencio, sino el minuto de oración pública y sonora.


ORACIÓN


Señor, acoge con piedad en tu seno a los que mueren por España y consérvanos el sano orgullo de que solamente en nuestras filas se muera por España y de que solamente a nosotros honre el enemigo con sus mayores armas.


Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor, ya que el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria.


Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo, y tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren por liberar con su sacrificio a los mismos que les asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera.


Ante los cadáveres de nuestros hermanos, a quien la muerte ha cerrado los ojos antes de ver la luz de la victoria, aparta, ¡oh Señor!, de nuestros oídos las voces sempiternas de los fariseos, a quienes el misterio de toda redención ciega y entenebrece, y hoy vienen a pedir con vergonzosa urgencia delitos contra delitos y asesinatos por la espalda a los que nos pusimos a combatir de frente.


Tú no nos elegiste, Señor, para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes, sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia puesta a servir con amor y valentía la suprema defensa de una Patria.


Esta ley moral es nuestra fuerza. Con ella venceremos dos veces al enemigo, porque acabaremos por destruir no solo su potencia, sino su odio. A la victoria que no sea clara, caballeresca y generosa, preferimos la derrota, porque es necesario que mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde, cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y de una moral superiores. Aparta así, Señor, de nosotros todo lo que otros quisieran que hiciésemos y lo que se ha sólido hacer en nombre de un vencedor impotente de clase, de partido o de secta, y danos heroísmo para cumplir lo que se ha hecho siempre en nombre de un Estado futuro, en nombre de una cristiandad civilizada y civilizadora. Tú solo sabes, con palabras de profecía, para qué deben estar aguzadas las flechas y tendidos los arcos.


Danos ante los hermanos muertos por la Patria perseverancia en este amor, perseverancia en este valor, perseverancia en este menosprecio hacia las voces farisaicas y oscuras, peores que voces de mujeres necias.


Haz que la sangre de los nuestros, Señor, sea el brote primero de la redención de España, en la unidad nacional de sus tierras, en la unidad social de sus clases, en la unidad espiritual en el hombre y entre los hombres, y haz también que la victoria final sea en nosotros una estrofa española del canto universal de tu gloria.


Que así sea, Señor.
Guardia Civil Raúl Centeno: ¡Presente!
"Cada uno se presentará ante el tribunal de Dios para darle cuenta de lo que ha hecho, de lo bueno y de lo malo."