
Muchas y repetidas, nunca suficientes, veces hemos dicho que el Tercio proclama la Soberanía social de Jesucristo. Habida cuenta de que el término, por falta de uso, puede que no recree una imagen fiel del mismo, o ni siquiera sugiera nada; y como que estamos obligados a ser eficaces con la palabra, transcribimos aquí, el extracto para nuestra aplicación, el último acto doctrinal de la Iglesia en la materia, como fue el Concilio Vaticano II, y más concretamente el decreto conciliar Apostolicam Actuasitatem, sobre el apostolado de los fieles laicos de 18 de noviembre del 1965.
"Instauración cristiana del orden temporal
7. Este en el plan de Dios sobre el mundo, que los hombres restauren concordemente el orden de las cosas temporales y lo perfeccionen sin cesar.
Todo lo que constituye el orden temporal, a saber, los bienes de la vida y de la familia, la cultura, la economía, las artes y profesiones, las instituciones de la comunidad política, las relaciones internacionales, y otras cosas semejantes, y su evolución y progreso, no solamente son subsidios para el último fin del hombre, sino que tienen un valor propio, que Dios les ha dado, considerados en sí mismos, o como partes del orden temporal: "Y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno" (Gén., 1,31). Esta bondad natural de las cosas recibe una cierta dignidad especial de su relación con la persona humana, para cuyo servicio fueron creadas.
Plugo, por fin, a Dios el aunar todas las cosas, tanto naturales, como sobrenaturales, en Cristo Jesús "para que tenga El la primacía sobre todas las cosas" (Col., 1,18). No obstante, este destino no sólo no priva al orden temporal de su autonomía, de sus propios fines, leyes, ayudas e importancia para el bien de los hombres, sino que más bien lo perfecciona en su valor e importancia propia y, al mismo tiempo, lo equipara a la integra vocación del hombre sobre la tierra.
En el decurso de la historia, el uso de los bienes temporales ha sido desfigurado con graves defectos, porque los hombres, afectados por el pecado original, cayeron frecuentemente en muchos errores acerca del verdadero Dios (1), de la naturaleza, del hombre y de los principios de la ley moral, de donde se siguió la corrupción de las costumbres e instituciones humanas y la no rara conculcación de la persona del hombre. Incluso en nuestros días, no pocos, confiando más de lo debido, en los progresos de las ciencias naturales y de la técnica, caen como en una idolatría de los bienes materiales, haciéndose más bien siervos que señores de ellos.
Es obligación de toda la Iglesia el trabajar para que los hombres se vuelvan capaces de restablecer rectamente el orden de los bienes temporales y de ordenarlos hacia Dios por Jesucristo. A los pastores atañe el manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del mundo, y prestar los auxilios morales y espirituales (2) para instaurar en Cristo el orden de las cosas temporales (3).
Es preciso, con todo, que los laicos tomen como obligación suya la restauración del orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos especiales y su responsabilidad propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté conforme con los últimos principios de la vida cristiana, adaptándose a las variadas circunstancias de lugares, tiempos y pueblos. Entre las obras de este apostolado sobresale la acción social de los cristianos, que desea el Santo Concilio se extienda hoy a todo el ámbito temporal, incluso a la cultura".
Hasta aquí el Decreto del II Concilio Vaticano. Se puede callar, se puede ocultar, se puede menospreciar, pero no se puede negar que la Soberanía social de Jesucristo no es un capricho, es una obligación grave para el hombre en general, todo, y todos, están sometidos al orden querido por Dios, pero especialmente grave en conciencia para el seglar. Muchos pastores, precisamente, en lugar de --como es obligación inspirada por el Espíritu-- auxiliar moral y espiritualmente (sic) en esa reconquista del orden social cristiano, lo que hacen es despistar, engañar, mutilar, difamar y perder las almas diciendo que Cristo Rey no es para la política. Estamos de acuerdo en algo. No es para la política, en exclusiva, es para toda la actividad temporal humana: la política, la economía, la educación, las costumbres, el arte, la cultura.
Fieles al último acto dotrinal de la Iglesia católica, que corrobora la Tradición y forma parte del Depósito de la Fe, en el Tercio nos hemos tomado muy en serio esta actuación. Nos hemos asociado y nuestra proclama de amor a España, nuestra lucha por la justicia social, nuestro trabajo cotidiano, tiene un sustrato firme y decidido: Cristo Rey. Simplemente llevamos a la práctica la gracia que en su día se infundió en su nuestras almas de confirmados: soldados de Cristo.
En el Tercio no pedimos. Decimos: "No necesitamos dinero o empleos. Dadnos leyes justas en el país, porque con leyes justas, gracias a nuestro trabajo, tendremos dinero y existencia digna".
Las leyes de España son injustas, ese es el verdadero mal. Y se apoyan en un marco de mayor injusticia, tal cual es la Constitución de 1978. Ley de leyes, que aleja a Dios de la sociedad y concibe al hombre, por sí, como autosuficiente, quitándole su más alta dignidad: ser hijo de Dios. si no gusta, no es nuestro problema; nuestro problema es hacer lo posible para corregir esa tremenda injusticia, que como decimos, es la fuente de todos los males de España: Terrorismo, paro, oligarquía de partidos, usura bancaria, pérdida de identidad nacional, invasión de inmigrante ilegales, delicuencia, drogas. ¿Sorprendidos? No, preguntad si no quién es el responsable de los males de la tierra, sino es la propia malicia humana. Pero si luchamos contra esa bastarda ley, no es para destruir, no. Es para construir. Para levantar los muros de una ciudad católica donde la justicia y la caridad sean la norma de conducta social dependientes del orden sobrenatural.
Aquí no se dan prebendas, como hacen los partidos políticos, dejando a la infeliz muchedumbre de pobres trabajar toda la vida como bestias de carga. Si hemos entrado en el Tercio, no pidamos nada para nosotros, pero demos. Demos alma, demos trabajo, demos sufrimiento, demos todo cuanto tenemos, por el sagrado día de la victoria de la España católica y tradicional.
Al Corazón Inmaculado de María, Virgen Santísima y Patrona de este Tercio, nos encomendamos para ser dignos instrumentos de la Voluntad del Salvador.
Notas:
(1) Esto es las religiones falsas, las sectas y las filosofías degeneradas que sirvieron de base a las formas políticas de la Revolución.
(2) El sacerdote tiene una clara obligación de sostén moral y espiritual en la acción de reconquista del orden social cristiano y debe comprometerse en ello, no de actuación directa ni de intercambio de papeles con el seglar (y menos pasarse al enemigo liberal, ateo y/o rojo), cosa en que, lamentablemente, se ha convertido una parte nada desdeñable de la Iglesia postconciliar, por supuesto, de la que forma parte la Iglesia en España y su Jerarquía, pregonando (como tesis) a los cuatro vientos la aconfesionalidad y neutralidad del Estado en materia religiosa. ¡Menudo apoyo!
(3) Instaurare omnia in Christo, lema pontifical de San Pío X, y que resume la libertad gloriosa de los hijos de Dios, esto es, la Soberanía social de Jesucristo.