
Dos elementos esenciales de la milicia, la ascética y la dispciplina, que en el mundo moderno no son practicados. La religión se ha transformado en una vivencia subjetiva, inmanente, conformada con todos aquellos elementos que le son extraños cuando no contradictorios. Asimismo, la doctrina política se ha transformado en una ideología, precisamente el arma para el combate se convierte en auxilio del enemigo. Esta es la situación. Nuestro Tercio podrá ser todo lo advenedizo que se quiera, o quieran los demás, pero lo que no podrá ser nunca es un elemento esquizofrénico ni sensiblero. Si una cosa no está bien se la desenmascara, se la condena al no cumplimiento y punto, lo que no se puede hacer en aras de una pretendida obediencia --que no es tal, sino servilismo-- es ir en contra de la esencia de la Tradición, convertirse en una suerte de baile folclórico de trajes tradicionales para bailar jotas. Y es que hay cosas que denotan la falta de ascética y disciplina. La primera, el querer ser a toda costa la opción salvadora en la que se tiene que engrosar las filas porque así lo exige nuestra dialéctica. No olvidemos nunca que la dialéctica no es un arma de combate pura, es simplemente un instrumento mediocre que la más de las veces sirve para erigir la vanidad que para servir a la verdad y su causa. La segunda, el no tener conciencia de lo que representan los símbolos de la milicia y el trato que se les debe. Las manifestaciones de lo que se ha dado en llamar "sociedad civil" (menuda estupidez de término) acostumbran a las retinas a ver miles y miles de banderas portadas sin el decoro debido, y de ahí que cualquiera, y en cualquier situación, enarbole una bandera por puro sentimentalismo en un palo de fregona en el mejor de los casos, y en lo peor se la ate a la cintura y la lleve arrastrando y tapando sus posaderas. Lo que ya es supina memez aldeana es no descubrirse en recinto cubierto, sea este cual sea. Son detalles, pinceladas, pero que dicen bastante.
Cuantos jóvenes están dispuestos a buscar gresca por defender sus ideas, y cuantos de esos son incapaces de sobrellevar un ayuno, una abstinencia, una oración. Sí, les parece muy bonito, incluso bucólico, eso de defender a Dios y a la Patria bajo las órdenes del Abanderado, pero son incapaces de "sacrificar" salir un fin de semana a tomarse copas por defender aquello en lo que creen. Sí, el sentimentalismo lleva a ese fervor exterior que es falso porque no surge como fruto de una operación interna de maduración, renuncia y oración, sino que es la respuesta visceral a una provocación visceral. No, no es fácil ser hombre, --decía el cartel a la entrada del "Cuartel Navarra" del Frente de Juventudes--, España necesita hombres. Vale la pena intentar lo difícil.
Nos extrañamos del voto "pepero", cuando ese voto es fruto de la defección juvenil por la vida en libertad, abandonada por una caña de cerveza o un vaso de güisqui. Cuántas ilusiones ahogadas en alcohol, en prostitución del alma, y luego exigimos que salven los demás la suya, cuando nosotros la perdemos en cada esquina. Sí, esta es la realidad, la cruda y áspera realidad. Se habla mucho de los primeros cristianos, claro dialécticamente, pero nadie hace lo que hacían ellos, esto es cambiar radicalmente de vida cuando se convertían del paganismo. Lo cambiaban todo, todas las costumbres paganas eran incineradas con el hombre viejo, que cauterizaba su herida del pecado pasado con esa hoguera en que perecían las pasiones. Sí, y ahora, el cristiano se convierte en pagano "viviendo su fe" (expresión poco afortunada también) pero acomodándola a las costumbres del mundo, de ese mundo por el que no rezó Nuestro Señor, porque aun estando insertos en él, no debemos ni podemos ser mundanos. La verdad es que la democracia liberal es muy cómoda. No exige nada, sólo ir a votar cada cuatro años para quejarse durante los siguientes. Y los que no creemos, porque no debemos creer en ese sistema putrefacto, nos acomodamos sin embargo a sus exigencias y costumbres. ¿Y así se pretende combatir a esta ralea? Pues, ineficaz combate. Sólo hay una manera de expulsarlos: "con ayuno y oración" (Mt 17, 21). Meditar esto, y que sepáis que no es una recomendación, es una exigencia moral, que no se impone físicamente, pero que obliga en conciencia, por lo tanto, el no cumplirla es una grave falta.
El sistema liberal implantado ha hecho célebre su máxima: "si no votas luego no puedes quejarte". Bien, la respuesta contrarrevolucionaria es clara: "si no vives con abnegación, esto es, con espíritu ascético y militar, contribuyes a la Revolución. Pienses lo que pienses, y digas lo que digas". Tú eliges.













