viernes 30 de noviembre de 2007

Ascética y disciplina de Combate


Dos elementos esenciales de la milicia, la ascética y la dispciplina, que en el mundo moderno no son practicados. La religión se ha transformado en una vivencia subjetiva, inmanente, conformada con todos aquellos elementos que le son extraños cuando no contradictorios. Asimismo, la doctrina política se ha transformado en una ideología, precisamente el arma para el combate se convierte en auxilio del enemigo. Esta es la situación. Nuestro Tercio podrá ser todo lo advenedizo que se quiera, o quieran los demás, pero lo que no podrá ser nunca es un elemento esquizofrénico ni sensiblero. Si una cosa no está bien se la desenmascara, se la condena al no cumplimiento y punto, lo que no se puede hacer en aras de una pretendida obediencia --que no es tal, sino servilismo-- es ir en contra de la esencia de la Tradición, convertirse en una suerte de baile folclórico de trajes tradicionales para bailar jotas. Y es que hay cosas que denotan la falta de ascética y disciplina. La primera, el querer ser a toda costa la opción salvadora en la que se tiene que engrosar las filas porque así lo exige nuestra dialéctica. No olvidemos nunca que la dialéctica no es un arma de combate pura, es simplemente un instrumento mediocre que la más de las veces sirve para erigir la vanidad que para servir a la verdad y su causa. La segunda, el no tener conciencia de lo que representan los símbolos de la milicia y el trato que se les debe. Las manifestaciones de lo que se ha dado en llamar "sociedad civil" (menuda estupidez de término) acostumbran a las retinas a ver miles y miles de banderas portadas sin el decoro debido, y de ahí que cualquiera, y en cualquier situación, enarbole una bandera por puro sentimentalismo en un palo de fregona en el mejor de los casos, y en lo peor se la ate a la cintura y la lleve arrastrando y tapando sus posaderas. Lo que ya es supina memez aldeana es no descubrirse en recinto cubierto, sea este cual sea. Son detalles, pinceladas, pero que dicen bastante.


Cuantos jóvenes están dispuestos a buscar gresca por defender sus ideas, y cuantos de esos son incapaces de sobrellevar un ayuno, una abstinencia, una oración. Sí, les parece muy bonito, incluso bucólico, eso de defender a Dios y a la Patria bajo las órdenes del Abanderado, pero son incapaces de "sacrificar" salir un fin de semana a tomarse copas por defender aquello en lo que creen. Sí, el sentimentalismo lleva a ese fervor exterior que es falso porque no surge como fruto de una operación interna de maduración, renuncia y oración, sino que es la respuesta visceral a una provocación visceral. No, no es fácil ser hombre, --decía el cartel a la entrada del "Cuartel Navarra" del Frente de Juventudes--, España necesita hombres. Vale la pena intentar lo difícil.


Nos extrañamos del voto "pepero", cuando ese voto es fruto de la defección juvenil por la vida en libertad, abandonada por una caña de cerveza o un vaso de güisqui. Cuántas ilusiones ahogadas en alcohol, en prostitución del alma, y luego exigimos que salven los demás la suya, cuando nosotros la perdemos en cada esquina. Sí, esta es la realidad, la cruda y áspera realidad. Se habla mucho de los primeros cristianos, claro dialécticamente, pero nadie hace lo que hacían ellos, esto es cambiar radicalmente de vida cuando se convertían del paganismo. Lo cambiaban todo, todas las costumbres paganas eran incineradas con el hombre viejo, que cauterizaba su herida del pecado pasado con esa hoguera en que perecían las pasiones. Sí, y ahora, el cristiano se convierte en pagano "viviendo su fe" (expresión poco afortunada también) pero acomodándola a las costumbres del mundo, de ese mundo por el que no rezó Nuestro Señor, porque aun estando insertos en él, no debemos ni podemos ser mundanos. La verdad es que la democracia liberal es muy cómoda. No exige nada, sólo ir a votar cada cuatro años para quejarse durante los siguientes. Y los que no creemos, porque no debemos creer en ese sistema putrefacto, nos acomodamos sin embargo a sus exigencias y costumbres. ¿Y así se pretende combatir a esta ralea? Pues, ineficaz combate. Sólo hay una manera de expulsarlos: "con ayuno y oración" (Mt 17, 21). Meditar esto, y que sepáis que no es una recomendación, es una exigencia moral, que no se impone físicamente, pero que obliga en conciencia, por lo tanto, el no cumplirla es una grave falta.


El sistema liberal implantado ha hecho célebre su máxima: "si no votas luego no puedes quejarte". Bien, la respuesta contrarrevolucionaria es clara: "si no vives con abnegación, esto es, con espíritu ascético y militar, contribuyes a la Revolución. Pienses lo que pienses, y digas lo que digas". Tú eliges.

jueves 29 de noviembre de 2007

Estrategia electoral


Nuestro Tercio, en tanto que persona jurídica, es un partido político; nuestro Tercio, en tanto que partido político, es un instrumento de acción; nuestro Tercio, en tanto que católico tiene el objeto de instaurar el orden social cristiano en la sociedad; nuestro Tercio, en consecuencia, es contrarrevolucionario. Y, porque es substancialmente contrarrevolucionario, nuestro Tercio ni puede ni debe buscar el éxito electoral a la manera de los partidos revolucionarios, esto es, considerando a las personas como titulares de una soberanía que hay que arrebatar a toda costa para hacernos y mantenernos en el poder. Y no puede hacer esa consideración, por dos motivos, uno de ellos de existencia, porque la soberanía no es popular, ni el pueblo es sujeto, ni el pueblo es propietario de la soberanía; y otro de ellos por consecuencia subordinada del primero y es que al no poder considerar al pueblo como instrumento de alcanzar el poder sólo se le puede entender como objeto de servicio, que eso y no otra cosa es la política, el servicio al hombre como ayuda para que alcance su fin, y por ello el dotarle de los medios posibles y necesarios a fin de que pueda cubrir sus necesidades materiales, intelectuales y morales que le acerquen a ese fin.


Dios quiere que presentemos batalla, y nosotros debemos hacerlo. No nos corresponde saber si obtendremos la victoria o no, pues, nuestro objetivo no es vencer, sino no ser vencidos. Y en ese no ser vencidos está la victoria humana, que es cooperación con la divina Providencia, la victoria temporal del siglo muy probablemente no la consigamos, este mundo va abocado a su propia perdición, pero eso, para nosotros, no es ni motivo de optimismo ni de pesimismo, eso son sentimentalismos, eso, para nosotros, es motivo de esperanza, virtud dejada de lado y que hay que cuidar y mantener junto con el resto de las teologales; eso, por tanto, para nosotros, es alegría porque cumpliéndose el plan de Dios es como los hombres damos gloria, aun sin saberlo y muchas de las veces sin quererlo, a Su Divina Majestad. Sí, Fiat!


Cuando nos presentamos a las elecciones, basadas en principios contrarios a nuestra esencia como son la democracia liberal y el sufragio universal, no lo hacemos pues buscando un rédito, un margen de votos, un sector indeciso, un núcleo marginal, no. Lo hacemos para decir a los ideólogos totalitarios que estamos ahí, que con nosotros, por la gracia de Dios, no pueden, que no ganaremos ni tendremos el poder, pero que jamás seremos vencidos. Y eso, eso hace mucho daño y mucho bien. Mucho daño, al sistema masónico instituído y del que tantas alegorías y glosas hacen todos los sectores corruptos de la sociedad, tanto de la temporal como de la espiritual. Mucho bien a las almas, que sumidas en un mar de dudas y perplejidades, al encontrarse con una lista, un folleto, una persona con la que coinciden, les anima a perseverar y a seguir considerándose locos a los ojos del mundo, pero triunfadores en el fondo de su corazón que sigue rematado por la Cruz del Redentor. Les anima a considerarse no vencidos y a esperar, con paciencia en la persecución, el Reino de Dios.


Sí, porque nosotros somos el espejo que, ni cóncavo ni convexo, devuelve la imagen exacta del que se mira en nosotros. Sí, en nosotros pueden ver todos los esbirros gubernamentales sus fístulas supurantes, sus desvergüenzas al aire, sus crímenes atroces, sus planes perversos, sus deformidades, sus instintos animales, sus, al fin y a la cabo, mentiras.


Por eso, nuestra victoria es su desesperación, y su desesperación aumenta cada vez que se topan con una candidatura de nuestro Tercio. Desesperen, pues.

miércoles 28 de noviembre de 2007

Don Opas y Tarancón el Apóstata


Por ahí hay algunos que celebran el centenario de no sabemos qué, si es que a un católico le fuera dado el celebrar la apostasía quizás lo pudiéramos entender, pero como de principio es un imposible moral, no lo podemos entender, a no ser claro que los celebrantes fueran pretendidos católicos y en realidad fueran quintacolumnistas de la Revolución. Todo esto viene al recuerdo del que fuera primado de España, el Cardenal Tarancón, el Apóstata. En España la traición y la entrega, lamentablemente, ha venido siempre de manos del Apóstol que llevaba la bolsa del dinero, una vez fue Don Opas, esta vez fue Don Tarancón. Y que entienda todo el mundo que no estamos hablando si no del ámbito temporal, de lo político, para nada de lo sobrenatural cosa que no nos compete. El clericalismo de Tarancón fue tal, y la España de la época era tal, que se dio por bueno aquello de que los gobiernos debían adaptar sus principios reguladores a la más estricta neutralidad religiosa, neutralidad imposible, y que por imposible lleva al indeferentismo que, como los ídolos y falsas religiones, son aliados y obras de Satanás. Ya en el año 1963 una llamada leal al régimen de la Comunión Tradicionalista, alertaba de los peligros de la aplicación de la libertad de cultos extraños a España y por ende a la catolicidad del pueblo español. No fueron atendidos, ya que, la responsabilidad y libertad de conciencias fueron ahogadas por un atroz clericalismo (entiéndase abuso de autoridad del clero en asuntos temporales, que no irreligión) que no dejo la libertad necesaria que por otro lado pretendía implantar.


Así, los herederos de la traición más escandalosa que vieron los siglos en nuestra Patria, en el año 1986 y tras la mácara de la democrática e infuncional Conferencia Episcopal Española (CEE), emitían una nota por la cual prohibían moralmente el uso del término católico a las asociaciones laicas que no estuvieran sometidas directamente a la Jerarquía. Pero eso no era todo, no sólo prohibían el título católico, si no que , además, exigían la aconfesionalidad para las asociaciones. Pongamos el ejemplo de la otrora Organización Juvenil Española, decretada por el denostado Gabriel Cisneros en 1960 y que purgaba el defenestrado Frente de Juventudes, cuya promesa comenzaba por: "Prometo amar a Dios y levantar sobre este amor todos mis pensamientos y acciones". Cuando se impuso por abuso de la CEE la aconfesionalidad, este primer punto, alma máter de la organización, tuvo consecuencias funestas, la desaparición del espíritu, la moción de la fe, que alimentaba sana y rectamente el cuerpo, y la desintegración del cuerpo muerto por larga y agónica enfermedad. Eso sí, los clubes y casas de los jesuitas díscolos, donde niños y niñas empezaban a dormir juntos en las mismas tiendas, donde se fomentaba el odio a la Patria y la desobediencia a los padres, unido todo con la vivencia de una religión natural subjetiva, alejada de toda doctrina y regla, veían financiadas sus obras y bendecidas sus banderas libertarias. Todo auspiciado por esos herederos, por acción u omisión, de Don Tarancón, el Apóstata.


Muchos quisieran, ya lo intentaron si éxito, quitar los libros de los Macabeos como textos inspirados (deuterocanónicos), y vamos a explicar el porqué. La última Cruzada fue la de España 1936-1939 y se desarrolló en nuestra Patria. Como los Macabeos, nuestros padres salieron a defender los derechos de Dios y de la Religión, y Dios les concedió la victoria. Después de esta victoria, y al igual que pasó en el mundo antiguo, los escribas, los sadúceos y los fariseos han prostituido la doctrina, han renegado de la victoria concedida por Dios y se han instalado en un statu quo del cual se benefician y se rasgan las vestiduras ante las iniquidades de un sistema que ellos auspiciaron y que ellos alimentan y del que se alimentan. Imponen cargas que ellos mismos no soportan. Mientras, el pueblo gime y llora la angustia de la desolación y, al igual que esa época paralela de la historia, sólo le queda rezar por la venida de Nuestro Señor, anhelar y desear esa segunda venida con la petición perseverante: "adveniat regnum tuum", "venga a nos el tu reino", "ven Señor Jesús".


Al instalar y bendecir con sus manos la democracia liberal, nos obligan a renegar de nuestra doctrina, prefigura clara de la obligación de hacer comer la carne de cerdo en la época de los Macebos: Eleazarus quidam, unus de primoribus scribarum, vir iam aetate provectus et aspectu faciei decorus, aperto ore compellebatur carnem porcinam manducare. (II M 6, 18)


Y han olvidado el mérito del martiro, intitulando a los mártires en una fraseología repleta de respetos humanos, cuando: Novissima autem post filios et mater consumpta est. (II M 7, 41)


Pero su falta de fe les hace olvidar que por la incesante comunión de los santos, el Señor está pronto a venir: Erat autem huiuscemodi visus eius: Oniam, qui fuerat summus sacerdos, virum honestum et bonum, verecundum occursu, modestum moribus et eloquium digne proferentem et qui a puero omnes virtutes domesticas exercuerat, manus protendentem orare pro omni populo Iudaeorum. Post hoc sic apparuisse virum canitie et gloria praestantem et mirabilem quandam et magni decoris esse eminentiam circa illum. Respondentem vero Oniam dixisse: “ Hic est fratrum amator, qui multum orat pro populo et sancta civitate, Ieremias propheta Dei ”. Protendentem autem Ieremiam dextram dedisse Iudae gladium aureum et, cum daret, dixisse haec: “ Accipe sanctum gladium munus a Deo, in quo confringes adversarios ”(II M 15 12-16)..., y más les valiera proveerse de aceite para sus lámparas, no sea que cuando llegue el Esposo encuentren sus lámparas apagadas.

lunes 26 de noviembre de 2007

La Acción Política católica


La política es una ciencia, la más noble de las actividades humanas, cuyo objeto es el servicio al hombre. El cristianismo primero estructuró al hombre para después estructurar la sociedad; en cambio hoy se estructura la sociedad para estructurar un nuevo hombre, un hombre que prescinde de Dios (¿y ése quién es?) y que es titular de todos los derechos en base a una dignidad inmanente que el lenguaje define y el mito connota como libertad. La acción política del católico se ha diluido en una defección de la responsabilidad en ese campo. Así, parece que un católico no está obligado en conciencia si no se lo manda la Iglesia Jerárquica. Es una memez, como si los conyuges debieran pedir permiso al Obispo para usar del matrimonio. A nadie se le ocurriría, por lo menos a nadie en su sano juicio. En cambio, en el campo político el seglar ha sido esterilizado sin el más mínimo reparo. En todo este caos, se propuso a los fieles asaltar las parroquias y a los sacerdotes que hicieran lo propio con el mundo. Las vocaciones temporales no son universales, a cada uno Dios le ha llamado para una función determinada y poder andar el camino en el plan de salvación, que es la santidad y es la única vocación universal, es decir, para todos, porque en conciencia es inexcusable. El seguimiento de Jesucristo no es facultativo, no es como está tan de moda decir hoy en día, una opción más que se puede escoger o no; no, es obligado cumplir con Dios. Los medios, por los cuales los individuos desarrollan su vida, dentro de ese plan de salvación que es el Camino, son diversos y variados, y todos respetables siempre que se ajusten a las buenas costumbres. Observamos, en cambio, que hoy asistimos a una esquizofrenia colectiva de los católicos, que siendo los primeros en el deber de conocer su sitio en el teatro de la vida, parece como si cada uno quisiera el asiento, e incluso el papel de actor, del vecino. Así, los seglares expresan su fe de la parroquia hacia adentro y las personas consagradas de la parroquia hacia fuera. Con todos los respetos, pero queda tan fuera de lugar administrar sacramentos por un laico, como un sacerdote pegando carteles de un partido político.


En la actualidad, la sociedad en la que estamos nos presenta un hecho sin lugar a dudas. Todos los hombres de una sociedad, convertidos en ciudadanos a los que les corresponden unos derechos y unos deberes, participan en la elección de los gobernantes así como que tienen la posibilidad de convertirse en rectores de la vida pública participando en los diferentes poderes, Ejecutivo, Legislativo y Judicial. La participación directa, y por tanto, el acceso a la función ejecutiva se realiza a través del sufragio universal, que al igual que el sexo es el mayor engaño del mundo, con los partidos políticos como instrumento para alcanzar dicho poder. Los representantes, miembros de partidos políticos, legislan en las Cámaras en función del número de votos conseguido. Bueno, esto es un hecho. Anexo a ese hecho, Dios queda fuera de toda la ordenación social, y esto además permite hacer un juicio sobre el hecho y declararlo detestable. Los fenomenólogos, esos que parece que se apuntan como si fuera de Magisterio el hacerlo, tan escépticos ellos dudarán de la causa, normal, tienen que demostrar coherencia; pero es incloherente que el católico apoye a ese hecho democrático que no es una forma de gobierno especulativa, es una práctica de negación de Dios y de la superioridad de la naturaleza humana que se considera pura e invencible.


El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral, al igual que, los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar de la participación en la “política”. Entendemos que hay dos tipos de compromiso político, uno es el vocacional, y por lo tanto, personal de la llamada de Cristo a cada uno según su propio plan de salvación; y otro compromiso que, sin ser llamados los individuos a participar de una manera activa en la política, no pueden negar su participación pasiva haciendo su personal aportación al bien común dentro del hecho democrático y del catastrófico sufragio universal.


Las opciones políticas que no definen expresamente en su programa y en sus hechos que dirigen su acción hacia la estructuración de la sociedad según el orden cristiano, no pueden ni deben ser apoyadas por los católicos. Y no hay más. Y todos aquellos que, públicamente se presentan como católicos, y favorecen con su pertenencia y militancia política a que los católicos se vuelquen a esas opciones, verbigratia el Partido Popular, no merecen otro título que el de traidores.


La confesionalidad, que implica la autonomía temporal de actuaciones entre instituciones temporales (por tanto con una de las partes de la Iglesia), es la que no se ha llevado bien en los católicos. Así, los laicos se han puesto a dar doctrina, y los ordenados a dar praxis civil. Ni unos ni otros estamos donde nos corresponde. El laico no puede ir a la iglesia a demostrar su fe, bien al contrario, debe servir de reafirmación y para cargarse las pilas en la fe, para salir exultante al exterior y proclamarla con su ejemplo diario, en su palabra y su acción. A su vez, el sacerdote no puede salir de la iglesia para entrar en el debate diario de las contingencias opinables, sino que debe alimentar de fe y vida sobrenatural en la administración de los sacramentos. No queremos entrar como deben de ir, o dejar de ir los sacerdotes, eso es conciencia de cada cual, pero desde luego que el hacer visible la fe, aunque el hábito no hace al monje, ayuda y mucho a los laicos para no esconder su vocación y llamada a la santidad.

viernes 23 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (y IX)


En una lucha de gigantes, la más heroica


Y así la lucha se ha entablado entre un puñado de valientes que ha sido como la levadura que ha inficionado a la España nacional y toda la resaca y podredumbre que ha producido un siglo de demoliberalismo y comunismo. La lucha no es entre el ejército y el pueblo, como una propaganda maléfica quiere divulgar, sino entre el pueblo auténtico, y el pueblo falseado; entre el pueblo y la chusma. Y en el pueblo están todos, clero, intelectuales, militares, industriales, comerciantes, campesinos y obreros que mantienen la conciencia de su dignidad y grandeza y en la chusma a su vez también puede haber y desgraciadamente hay clérigos, intelectuales, militares, industriales, comerciantes, campesinos y obreros que han perdido la conciencia de su dignidad de hombres y de españoles.


Y el pueblo español se ha arrojado con heroísmo a una lucha que no es sino la reconquista palmo a palmo del propio suelo de las garras de la chusma roja.


Y esta lucha de heroísmo se ha hecho posible por un espíritu verdaderamente cristiano. Nada más elocuente en este sentido que la epopeya del Alcázar, cumplida por una protección especial de la Madre de Dios, como ha dado testimonio el mismo General Moscardó, nuevo Guzmán el Bueno, nada más elocuente que toda la guerra –en tierra, mar y aire– que es un triunfo magnífico de la Madre de Dios que es ensalzada públicamente y a todas horas en los campamentos de la España nacional con el mismo fervor con que es blasfemada en los campamentos rojos; nada más elocuente que el heroísmo de los 16.700 sacerdotes inmolados por la fe y el de los 300.000 laicos sacrificados por su lealtad a Dios y a España.


La Guerra española es una Guerra Santa


La Guerra de España, que es una guerra heroica es también una guerra santa. Y es una guerra santa porque la lucha se entabla en el campo teológico. No se lucha simplemente por algo político u económico, ni siquiera por algo simplemente cultural o filosófico. Se lucha por algo inmensamente superior como es el imperio de Cristo o del Antecristo. Las palabras del Cardenal Gomá y Tomás (El caso de España, pág. 7) expresan admirablemente esto que está en la conciencia de toda España. «La guerra que sigue asolando gran parte de España y destruyendo magníficas ciudades no es en lo que tiene de popular y nacional, una contienda de carácter político en el sentido estricto de la palabra. No se lucha por la República... Ni ha sido móvil de la guerra la solución de una cuestión dinástica... ni se ventilan con las armas problemas inter-regionales... Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra... Cristo y el Anticristo se dan la batalla en nuestro suelo...»


Y de ello da también magnífico testimonio el Cardenal Verdier, arzobispo de París, según una información cablegráfica de «La Nación» (octubre, 8) cuando después de reconocer que la lucha española es en realidad una lucha entre la civilización cristiana y la suprema civilización del ateísmo soviético, añade: «Si esta lucha se desarrolla en España es porque los enemigos de Dios la eligieron para ser la primera etapa de su obra destructora. Pero surge una gran esperanza para su patria y sobre todo el heroísmo tan cristiano de sus hijos provoca la admiración del mundo entero, añadiendo un nuevo esplendor a la gloria caballeresca de España


La lucha es entonces en un plano teológico, porque Cristo y el Anticristo son conceptos de la teología. Lo cual no quiere decir que todos, tanto los de uno u otro bando, tengan conciencia de ello o no se muevan parcialmente por móviles inferiores. El movimiento de la lucha es ese en la masa colectiva, y ese, sobre todo ese, por una exigencia metafísica que impregna la substancia misma de la lucha, por sobre la voluntad de los combatientes.


Nada sorprendente que así sea, para el que haya penetrado en la degradación histórica que se viene operando con lógica inflexible desde el Renacimiento a aquí. Con Lutero se destruyó el orden sobrenatural de la gracia, con Kant el orden de la inteligencia, con Rousseau el orden político o moral, con el Capitalismo el orden inferior de lo económico y ahora con el comunismo no queda sino una lucha a muerte por Ser o no ser. Todo o nada. Cristo o el Anticristo.


Si la lucha se desarrolla en el plano teológico ¿qué carácter debía revestir en uno y otro bando? Pues de un lado debía de ser de Cristo, cristiana, y del otro del Anticristo, anticristiana; de un lado santa y del otro satánica. Y he aquí que frente al aspecto desolador de un pueblo empeñado en triturar iglesias, en martirizar ministros de Dios, en profanar religiosas; por el otro, se ve a un pueblo desbordado de fe que no puede lanzarse a la lucha sino después de reconfortarse con el sagrado cuerpo de Cristo y al grito de viva Cristo Rey.

jueves 22 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (VIII)


La España eterna se reencuentra


Pero era necesario que España conociese el abismo abominable de degradación que señala la barbarie comunista para que despertase, en un puñado de valientes, el sentido de su grandeza. Por esto, yo creo que hemos de proclamar como cosa bendita esta desgraciada república del 31 porque ha servido, por su misma absurda y radical barbarie, para devolver en un instante a España el sentido de su propia vida. España es católica a machamartillo o España sucumbe en la barbarie comunista. España es grande como la forjaron los Reyes Católicos o España desaparece de la tierra. No hay término medio. Que lo entiendan los infelices europeizantes literatos de la generación del 98; que lo entiendan también los políticos centristas que han ido a copiar del centrismo alemán o de la democracia de Don Sturzo como si España no tuviese una tradición política propia inmensamente superior que todos estos originales blanduzcos que se han querido calcar. España es de Cristo o del Antecristo. España o Anti-España.


Y caso único en la historia, en España existía una fuerza, anidada en las tradicionales provincias de Navarra y de Castilla que con terquedad no habían querido contaminarse ni con el demoliberalismo ni con el socialismo. Fuerzas que vivían íntegramente de su fe cristiana y que no querían conocer otra grandeza. Fuerzas que adquieren conciencia de su misión histórica hace un siglo, precisamente cuando un Rey débil quiso adaptar España a la corriente liberal y progresista de los tiempos modernos. Porque si un día estos valientes se alzaron contra la descendencia de Fernando VII y sostuvieron la causa de Don Carlos fue únicamente porque este era porta estandarte de los derechos de Dios y de España, e Isabel en cambio encarnaba el progresismo laico de los tiempos nuevos.


Las milicias intrépidas de requetés iban a ofrecer los primeros contingentes de bizarros muchachos que se iban a lanzar al combate por su Dios y por su Patria. Por aquí debía comenzar la reconquista porque allí se concentró siempre la fiereza del león hispano. Después debía aportar fuerzas la Falange de las J. O. N. S. trayendo ímpetu, renovación, aventura, anhelo imperial. Fuerzas quizás no tan puras, fuerzas no tanto movidas por el anhelo de servir a Dios, fuerzas en cierto modo redimidas del campo contrario, pero, de todos modos fuerzas con un fervor incontenible de servir a España y de expulsar para siempre de su suelo a la hidra marxista.


Y a la cabeza de estas fuerzas debía suscitar Dios a un caudillo, predestinado para esta hora, quien debía asimismo acaudillar a los contingentes moros, que ambicionaban formar parte de esta heroica cruzada contra el comunismo ateo que querían implantar los judíos. Yo sé, que muchos sufren escándalo porque el Generalísimo Franco ha usado de los moros para reconquistar a España. Pero debían escandalizarse que sea tan grande el cinismo de los rojos –anti-españoles– que haya hecho necesario traer a los moros para enseñarle los deberes de amor a la Patria. Además que con ello no hace Franco sino cumplir las directivas del Santo Padre en Roma quien está incitando a todos los hombres que mantienen la creencia en Dios, aunque no sean católicos, a unirse contra el comunismo ateo que es el supremo enemigo de la humanidad en la hora presente. La misma consideración hay que formular con respecto a la ayuda militar que prestan Alemania e Italia y Portugal. Vergüenza debía dar a ciertas naciones de estirpe católica que los deberes que ellos no cumplen como hermanos de la fe del pueblo español, deba ser suplido por pueblos infieles o paganos.


Detrás de todos estos contingentes de milicias combativas acaudilladas por el Generalísimo debía venir con la fuerza arrolladora de avalancha todo el movimiento que se ha llamado muy exactamente «nacional», como dicen los obispos. «Primero por su espíritu; porque la nación española estaba disociada, en su inmensa mayoría de una situación estatal que no supo encarnar sus profundas necesidades y aspiraciones; y el movimiento fue aceptado como una esperanza por toda la nación; en las regiones no liberadas sólo espera romper la coraza de las fuerzas comunistas que la oprimen. Es también nacional por su objetivo por cuanto tiende a salvar y sostener para lo futuro las esencias de un pueblo organizado en un Estado que sepa continuar dignamente su historia» ... «y el movimiento nacional ha determinado una corriente de amor que se ha concentrado alrededor del nombre y de la substancia histórica de España, con aversión de los elementos forasteros que nos acarrearon la ruina. Y como el amor patrio cuando se ha sobrenaturalizado por el amor de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, toca las cumbres de la caridad cristiana, hemos visto una explosión de verdadera caridad que ha tenido su expresión máxima en la sangre de millares de españoles que la han dado al grito de viva España», «viva Cristo Rey».

miércoles 21 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (VII)


Carácter de la República en España


Y no podía ser sino el Comunismo, el tercer y último gran enemigo de la Cristiandad el resultado lógico de una república española. Los hechos históricos deben ser estudiados con un sentido auténticamente realista. Ahora bien, los intentos de los republicanos españoles, de todas las gamas posibles, desde los republicanos católicos, tipo Miguel Maura, pasando por los radicales anticlericales de Azaña hasta los comunistas intransigentes de Largo Caballero, no podían finalmente concretarse sino en una república anarco-comunista uncida al carro de Moscú.


No porque no sea posible en abstracto un régimen republicano que contemple las justas prescripciones de la moral católica, sino que por diversas causas, cuyo estudio sería largo, la república en España se presentó siempre como una bandera de rebelión contra el destino de España. De hecho, como surge claro de la presente exposición, la grandeza de España se concretó en la profesión pública de la Fe Católica, bajo el gobierno también público de los obispos españoles y del monarca, que era la encarnación del pueblo en su destino de servir como brazo derecho a la Causa de la Cristiandad. Los españoles –y ello es un timbre altísimo de gloria– no han podido comprender una grandeza que marchase por otros caminos que no fuesen los de la Causa de la Iglesia y sin la dirección del monarca. La república entonces se presentaba como anticatólica, anticlerical y antimonárquica. Por una dialéctica de la historia más fuerte que todas las concepciones formales de los filósofos se presentaba como una anti-España. Hablar de una república moderada era hablar de algo puramente irreal en el suelo hispano. La república en forma definitiva debía ser en España la implantación de un anarco-comunismo, última etapa de todo el proceso de corrupción que es el mundo moderno. Para gloria del genio español, que es un genio fuerte y varonil, los términos medios y las adaptaciones no son posibles. Y se comprende que así en el suelo del apóstol llamado Hijo del Trueno, apóstol que maneja espada y embraza adarga, apóstol ardiente e impetuoso que no tolerando que los samaritanos rechazasen al Salvador se acerca a Jesucristo con su hermano Juan para decirle: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los devore?» (San Juan IX, 54). La república en España era entonces la AntiEspaña. Y lo era aún en el sentido material de la palabra. Porque desde el día de su advenimiento emprendió la tarea de demoler todo cuanto podía evocar la grandeza de la España eterna. Los obispos han podido denunciar en documento público cómo la revolución comunista que pregona la república con el mismo ardor con que devasta a España es esencialmente «anti-española». La obra destructora se realizó a los gritos de «viva Rusia», a la sombra de la bandera internacional comunista. Las inscripciones murales, la apología de personajes forasteros, los mandos militares en manos de jefes rusos, el expolio de la nación en favor de extranjeros, el himno internacional comunista, son prueba sobrada del odio al espíritu nacional y al sentido de la patria. Y por la compenetración que de hecho y en concreto existe entre España y la Iglesia, la revolución, además de cruel, inhumana y bárbara debía ser, eminentemente anti-cristiana, como la denuncia el episcopado español: «No creemos que en la historia del Cristianismo y en el espacio de unas semanas se haya dado explosión semejante, en todas las formas del pensamiento, de voluntad y de pasión, del odio contra Jesucristo y su religión sagrada." Tal ha sido el sacrílego estrago que ha sufrido la Iglesia en España que el delegado de los rojos españoles, enviado al Congreso de los sin-Dios en Moscú, pudo decir: «España ha superado en mucho la obra de los soviets, por cuanto la Iglesia en España ha sido completamente aniquilada...» El odio a Jesucristo y a la Virgen ha llegado al paroxismo y en los centenares de Crucifijos acuchillados, en las imágenes de la Virgen bestialmente profanadas, en los pasquines de Bilbao en que se blasfemaba sacrílegamente de la Madre de Dios, en la infame literatura de las trincheras rojas, en que se ridiculizan los divinos misterios, en la reiterada profanación de las Sagradas Formas, podemos adivinar el odio del infierno encarnado en nuestros infelices comunistas. «Tenía jurado vengarme de ti», le decía uno de ellos al Señor encerrado en el Sagrario y encañonando la pistola disparó contra él, diciendo: «Ríndete a los rojos, ríndete al marxismo

martes 20 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (VI)


La decadencia española coincide punto por punto con su apartamiento de la Iglesia


De esta suerte cuando los países cristianos de Europa enarbolaban la bandera de rebelión contra la Iglesia, España constituida en su integérrima defensora, alcanzaba el empuje y grandiosidad de un trueno que estalla.


España entonces, nos muestra espléndidamente en su opulenta historia que todo lo debe a la Iglesia. España ha sido grande cuando se olvidó de sí misma para servir a la Iglesia. Entonces cuando descubría y colonizaba nuevos mundos, con sus teólogos, santos, reformadores y artistas iluminaba a Europa y por el genio de Juan de Austria rompía definitivamente en Lepanto la pujanza de los turcos.


Este ha sido el imperio de España. Un magnífico imperio universal, no de dominación terrena, no de aprovechamiento de las energías de los demás como si el mundo fuese una inmensa factoría, sino de expansión de cultura al servicio de la cristiandad, en la defensa de la iglesia y en la conquista de las almas. Y este imperio grandioso forjado en el preciso momento en que los pueblos cristianos, agitados frenéticamente por el espíritu de rebelión, se apartaban de la Iglesia, es la respuesta de Dios a los hombres que les dice que solo en la fidelidad a sus preceptos se puede lograr la verdadera grandeza.


El protestantismo, entonces, el primero de los tres grandes enemigos que surgió contra la cristiandad se estrelló contra el baluarte de España. Sin embargo, cuando dos siglos más tarde, España se olvida que su grandeza es una grandeza teológica, puesta al servicio de la cruz, la monarquía española se enorgullece de sí misma, y por lo mismo decae. Y comienza la triste decadencia española que ha de coincidir punto por punto con su apartamiento de la Iglesia.


Toda la monarquía de los Borbones que se inaugura con Felipe V se caracteriza por su absolutismo. El Regalismo triunfa; la Iglesia sufre despojos, violencias y agresiones por parte del gobierno regio. Felipe V disgustado con Clemente XI expulsa al Nuncio, y las divergencias continúan hasta el célebre Concordato entre Benedicto XIV y Fernando VI de 1753 por el cual la Corona quedó en posesión del Patronato Universal. Tormentoso y aciago fue asimismo el reinado de Carlos III en que la expulsión de los jesuitas, la Causa del Obispo de Cuenca, la tentativa de desamortización eclesiástica, la prohibición de publicar bulas Pontificias sin el Regium exequatur fueron otros tantos atentados contra la autoridad espiritual. Mientras tanto España va perdiendo las colonias y, lo que es más doloroso, su influencia moral y espiritual sobre las mismas.


Detrás del absolutismo produce estragos en España, el segundo gran enemigo de la cristiandad, el demoliberalismo. Las célebres Cortes de Cádiz introdujeron oficialmente el espíritu enciclopedista con la voluntad de derrocar hasta sus cimientos la España Católica, la España tradicional, de borrar, como decía uno de sus oráculos el Conde Cabarrús en sus cartas, los errores de veinte siglos. Y España descuajada en su vida pública de la Iglesia que le daba unidad y grandeza, de tumbo en tumbo fue decayendo durante más de un siglo, conociendo las alevosías y traiciones de los propios gobernantes que vendían la grandeza del país al extranjero mientras activaban las matanzas de frailes y las quemas de iglesias, tan célebres algunas de ellas como las de los años 1834 y las de 1870. La Nación-fuerza se convirtió en la cenicienta desgraciada del mundo, ludibrio de los pueblos y juguete de las intrigas de conciliábulos secretos. Es cierto que la vitalidad católica no desaparece sino que se concentra en la Comunión Tradicionalista del Carlismo que durante más de un siglo de bastardía política sabe mantener intacto el depósito sagrado de verdades que pueden salvar a los pueblos. Y lo mantiene con el ardor bélico del requeté que va a luchar por España, porque lucha por su Dios. Pero el liberalismo debía triunfar y el Carlismo había de quedar como fuerza de reserva para el momento fijado en los designios providenciales que rige el curso de la historia.


Y en un pueblo tan realista como el español, es decir que sabe llevar a las últimas realizaciones concretas el ideal más alto, que por lo mismo no sabe de hipocresías ni farsas ni términos medios ni desdoblamientos, el liberalismo no pudo prender en sus raíces profundas y así ni siquiera pudo dar los frutos de grandeza que aunque efímera, artificial y falsa ha podido producir en los países capitalistas.


Y España ni católica –porque en su vida pública se proclamaba liberal–, ni liberal –porque el liberalismo no penetraba en las raíces del pueblo– no daba ni grandeza católica ni grandeza liberal... era un país desgraciado y despreciable, debilitado aun en su interior por todos los elementos dispares de que estaba constituido. Y menos mal que la mala monarquía democrática mantenía en cierto orden todos estos restos separados y anárquicos de un pueblo que fue grande; menos mal que servía de tapón para impedir el estallido porque el día que ella faltase todos estos elementos diversos, y anárquicos debían explotar con furia enloquecida. No son para referir aquí los desmanes vergonzosos de cinco años de república... Ellos no eran sino el anticipo del gran crimen que se estaba a punto de cometer o sea entregar España, brazo derecho de la Cristiandad, a los judíos, sus eternos enemigos y que desde Moscú quieren dirigir los destinos de los pueblos. Después sería cosa fácil entregar la misma Cristiandad.

lunes 19 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (V)


La grandeza española


Y será ella lo que en tiempos de los Reyes Católicos forje «la mayor empinación, triunfo e honra e prosperidad que nunca España tuvo», como decía el buen Cura de los Palacios. (Menéndez y Pelayo, Historia de la Poesía Castellana en la edad media). Y puede añadirse que nunca pueblo tuvo. No es fácil poder cantar en breves líneas la grandeza de este pueblo que después de poner término victoriosamente a una lucha ocho veces secular contra los moros, alcanza «el destino más alto entre los destinos de la historia humana: el de completar el planeta, el de borrar los antiguos linderos del mundo. Un ramal de nuestra raza –escribe Menéndez y Pelayo– forzó el cabo de las tormentas, interrumpiendo el sueño secular de Adamastor y reveló los misterios del Sagrado Ganges trayendo por despojos los aromas del Ceylán y las perlas que adornaban la cuna del sol y el tálamo de la aurora, y el otro ramal fue a prender en tierra intacta aún de caricias humanas, donde los ríos eran como mares y los montes veneros de plata y en cuyo hemisferio brillaban estrellas nunca imaginadas ni por Tolomeo ni por Hiparco


León XIII ha podido decir que el hecho del Descubrimiento de América, considerado en sí mismo es el más grande y hermoso que edad alguna vio jamás llevado a cabo por los hombres (Epístola ad archiep... ex Hispania... 16 julii 1892. Civiltá Cattolica, año 1892, t. III). Y sabido es que esta colosal empresa tanto en el ánimo de Isabel la Católica como en el del Colón, fue por encima de todo otro motivo secundario, el «llevar el nombre y doctrina de Jesucristo a tan apartadas regiones» (Palabras de Colón citadas por León XIII).


Y toda la obra colosal de la reconquista estuvo impulsada por el mismo espíritu heroico de la fe de Cristo que suscitó misioneros, guerreros, exploradores y colonizadores para que España pudiese engendrar y nutrir para Dios y para la civilización «a veinte naciones mellizas que no la han dejado ni las han dejado hasta que ellas han logrado vida opulenta y ella ha quedado exangüe. Porque la obra de España ha sido más que de plasmación como el artista lo hace con su obra, de verdadera fusión para que ni España pudiese ya vivir en lo futuro sin sus Américas ni las naciones americanas pudiesen aun queriendo arrancar la huella profunda que la madre las dejó al besarlas porque fue un beso de tres siglos, con el que las transfundió su propia alma» (Cardenal Gomá y Tomás en el discurso de la Fiesta de la Raza en Buenos Aires).


Y mientras España de la sobreabundancia de su propia vida alimentaba a innumerables pueblos constituía en Europa el baluarte inexpugnable contra el Protestantismo y era el faro de la verdadera cultura –frente a la decadencia que señala el mismo Renacimiento– con las creaciones imperecederas de San Juan de la Cruz, de Santa Teresa, de Cervantes, de Fray Luis de Granada y el de León, de Calderón y Lope de Vega, del Greco y de Velázquez.


Y el carácter que salta a la vista, pudo escribir Menéndez y Pelayo, «en aquella sociedad española del siglo XVI y continuada en el XVII, en eso que se llama Edad de Oro la nota fundamental y característica es el fervor religioso que se sobrepone al sentimiento del honor, al sentimiento monárquico y a todos los que impropiamente se han tenido por fundamentales y primeros; ante toda la España del siglo XVI es un pueblo católico: más diremos es un pueblo de teólogos... por toda aquella centuria España se convirtió en campeón de la unidad y de la ortodoxia, en una especie de pueblo elegido de Dios, llamado por él para ser brazo y espada suya, como lo fue el pueblo judío en tiempo de Matatías y de Judas Macabeo...» La España de entonces era «un pueblo extraño, uno en la creencia religiosa, dividido en todo lo demás, por raza, por lenguas, por costumbres, por fueros, por todo lo que puede dividir a un pueblo... Solo quedaba y omnipotente lo regía todo el espíritu católico sostenido por los reyes y en virtud del cual los reyes eran grandes.» (Menéndez y Pelayo).

viernes 16 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (IV)


La tradición antiabsolutista de España


La Iglesia creó entonces la unidad de España y la coronó con la consagración de los reyes visigodos. Recordando los Padres de los célebres concilios de Toledo que el Poder de los reyes y príncipes viene de Dios, consagraban a los monarcas ungiéndoles con el crisma por lo que venía a ser su persona sagrada e inviolable. "Pero al mismo tiempo que rodeaban al monarca de tales prerrogativas, le imponían deberes". Para San Isidoro, Rey viene de regir (Rex a regendo) de donde concluye: "el que obra rectamente, conserva el nombre de Rey, y el que no, lo pierde." En el Concilio IV de Toledo, presidido por el mismo San Isidoro se determina que el monarca está obligado a la observancia de las leyes como los demás súbditos.


Los derechos y deberes del monarca como asimismo los derechos y deberes de sus súbditos procedían de un mutuo juramento que se hacía en la iglesia el día de la consagración del Monarca. El Obispo de Toledo se lo tomaba al Rey. Este prometía solemnemente con la mano puesta sobre los Evangelios, gobernar al pueblo rectamente; y el pueblo a su vez juraba obedecerle si así lo hacía. En los mismos Concilios se establece una distinción bien marcada entre el Rey y el Estado, entre los bienes particulares del Soberano, los de la Corona y los de la Nación. Todas estas distinciones tienden a un mismo fin, es decir, indicar a los Príncipes que ellos no son dueños absolutos del Poder. Reinan para la grandeza de su pueblo, de suerte que su poder está siempre condicionado por el bien común, suprema razón de ser de toda política.


Cuando los reyes quebrantaban sus deberes, abusando del poder, veíanse constreñidos a abandonar el trono. Y así cuando Suintila renuncia a la corona. El Concilio IV de Toledo confirma su renuncia y, además declara incapacitado a él y todos sus descendientes para volver a ocupar el trono.


La Iglesia entonces que había forjado la unidad de España también cuidaba de que toda la vida de la nación, desde el monarca hasta el último de los súbditos, se desarrollase de acuerdo a las Santas prescripciones de la ley evangélica, de la que la Iglesia es fiel depositaria. Por esto así como vemos a los obispos de la época visigoda creando la grandeza española, vemos más tarde a los obispos, clérigos y frailes españoles luchando junto a los monarcas en la reconquista o creando la grandeza de España junto a ellos, en los tiempos en que no se ponía el sol en las tierras de España. Y así, en las gloriosas Navas de Tolosa junto a Alfonso VIII está el arzobispo Don Rodrigo como junto a Alfonso XI en la toma de Algeciras, está el Cardenal Don Gil de Albornoz, igualando en empuje al temerario monarca y el gran Cardenal Don Pedro de Mendoza, nombrado general en jefe del Ejército cristiano de los Reyes Católicos, cabalga junto a ellos y no para hasta que su cruz de plata, brillando en la torre de Vela, la torre más alta de Granada y adorada de rodillas por los Reyes Católicos y todo su ejército victorioso, anuncia al mundo que la Cristiandad ha sido totalmente reconquistada de la Media Luna.


La Iglesia Católica que había forjado la unidad de España y había creado su grandeza cristiana de la época visigoda también recupera ella, palmo a palmo, el suelo español de la barbarie de los moros.

jueves 15 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (III)


España es obra de la Iglesia


España es obra exclusiva de la fe cristiana de suerte que destruir la fe cristiana es destruir España y destruir España es como amputar la Cristiandad.


¿Qué era en efecto España antes que la impregnase la virtud del Evangelio? Menéndez y Pelayo nos lo dice en sus Heterodoxos Españoles: «Ni por la naturaleza del suelo que habitamos, ni por la raza ni por el carácter parecíamos destinados a formar una gran nación. Sin unidad de climas y producciones, sin unidad de costumbres, sin unidad de cultos, sin unidad de ritos, sin unidad de familia, sin conciencia de nuestra hermandad ni sentimientos de nación, sucumbimos ante Roma tribu a tribu, ciudad a ciudad, hombre a hombre, lidiando cada cual heroicamente por su cuenta, pero mostrándose impasible ante la ruina de la ciudad limítrofe o más bien regocijándose de ella


Todo ello así había de acaecer con una nación que es un mosaico de razas y de pueblos tan distintos como los iberos, celtas y celtíberos que constituyen el núcleo básico de su población y que luego, para colmo, se ha visto invadida por etruscos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos y más tarde por alanos, vándalos, suevos, visigodos, moros y judíos.


Cierto es que Roma logra dar una unidad legislativa a la Hispania. Y así «ata los extremos de su suelo con una red de vías militares; siembra en las mallas de esa red colonias y municipios; reorganiza la propiedad y la familia sobre fundamentos tan robustos que en lo esencial aun persisten...; da la unidad de lengua, mezcla la sangre latina con la (aborigen), confunde (sus) dioses con los (del suelo hispano) y pone en los labios de los oradores y de los poetas de la Hispania el rotundo hablar de Marco Tulio y los hexámetros virgilianos».


Pero esta unidad de Roma no era sino preparación a una unidad más alta como lo era, a su vez, la misma Roma. España parecía pero no se sentía una. Faltaba la unidad de la fe y con ello faltaba la unidad. Sólo por ella adquiere un pueblo vida propia y conciencia de su fuerza unánime; sólo en ella se legitiman y arraigan sus instituciones: sólo por ella corre la savia de la vida hasta las últimas ramas del tronco social. Sin un mismo Dios, sin un mismo altar, sin unos mismos sacrificios; sin juzgarse todos hijos de un mismo Padre y regenerados por un sacramento común; sin ser visibles sobre sus cabezas la protección de lo alto; sin sentirla cada día en sus hijos, en su casa, en el circuito de su heredad, en la plaza del municipio nativo, sin creer que ese mismo favor del cielo que vierte el tesoro de las lluvias sobre su campos, bendice también el lazo jurídico que él establece con sus hermanos y consagra con el óleo de justicia la potestad que él delega para el bien de la comunidad y rodea con el cíngulo de la fortaleza al guerrero que lidia contra el enemigo de la fe o el invasor extraño, ¿qué pueblo habrá grande y fuerte? ¿Qué pueblo osará arrojarse con fe y aliento al torrente de los siglos? (Menéndez y Pelayo, Historia de los Heterodoxos españoles.)


Y el cristianismo forjó esta unidad de España. Llevado por la voz impetuosa de Santiago y de Pablo, propagado por el fuego de los siete varones apostólicos, Torcuato, Cecilio, Eufrasio, Indalecio, Tesifonte, Hesiquio y Segundo, fecundado por la abundante sangre de los mártires, tan magníficamente cantados por Prudencio, penetró por todos los rincones de la Hispania y dejó impregnado el suelo español. Ya Tertuliano en su tiempo podía exclamar que la fe de Cristo ganaba todos los confines de las Españas.


Y el siglo IV «nos presenta una Iglesia española, inmaculada en su fe, impugnadora del arrianismo, del cual se mantuvo incólume y del priscilianismo, contra el cual reaccionó enérgicamente, fuertemente adherida a la cátedra de Pedro, centro de unidad y severa en sus costumbres cristianas. Así se formó el pueblo hispano-romano católico, que después de una lucha de más de siglo y medio logró absorber y conquistar espiritualmente a los conquistadores bárbaros, suevos y visigodos y fue el precursor del gran pueblo español, de la Reconquista y de la edad de oro» (Hilario Yaben, El Debate, núm. extraordinario, feb. 7 de 1934).


Pero aunque existiese un pueblo cristiano, no había todavía un estado cristiano y por lo mismo tampoco existía un estado uno. Conprendiólo así el Rey arriano Leovigildo y por eso pretendió arrianizar a toda España. Pero fracasó en su intento porque no pudo descatolizar al pueblo de Santiago, como le convenció el martirio de su propio hijo Hermenegildo. Recaredo, su sucesor, comprendió entonces que la unidad de España sólo era posible por el leal sometimiento de la monarquía visigoda a la Iglesia.


Y así magnífico y «único en la historia de la humanidad» es el espectáculo que ofrece Recaredo y su pueblo el 8 de mayo del año 589, en la ciudad de Toledo, en que abjurando la herejía arriana, entran en el seno de la Catolicidad un rey con todos sus súbditos, constituyendo la unidad religiosa de España que debía ser la base de la unidad civil. Con qué sinceridad y con qué orgullo, dirigiéndose a todos los obispos de España..., y ante una inmensa muchedumbre de clérigos, magnates y pueblo, decía Recaredo: «Presente está aquí la ínclita raza de los godos, la cual, puesta de acuerdo conmigo, entra en la comunión de la Iglesia Católica, siendo recibida por ella con cariño maternal y entrañas de misericordia... Es mi deseo que así como estos pueblos han abrazado la fe por nuestros cuidados, así permanezcan firmes y constantes en la misma. Ante aquel espectáculo tan consolador prorrumpen los asistentes en vítores y se levanta a hablar San Leandro, metropolitano de Sevilla, y alma de aquella unificación y pronuncia estas memorables palabras: «sólo falta que los que componemos en la tierra un solo y único reino, roguemos al Señor por su estabilidad a fin de que el reino y el pueblo que unidos glorificaron a Dios en la tierra, sean glorificados por El en el reino celestial» (Zacarías García Villada, El Destino de España).


Desde este momento quedó estabilizada la nación española. Toledo es la cabeza jerárquica, civil y eclesiástica de todo el territorio comprendido entre el Atlántico y el Mediterráneo, los Pirineos y el estrecho de Gibraltar. Allí acuden a rendir pleitesía y homenaje a su rey los súbditos de toda la península y a su obispo reconocen como primado los metropolitanos de Narbona, Mérida, Sevilla, Braga, y Tarragona. La unidad fue tan firme que por indicación de San Isidoro se llegó a condenar la diversidad de ritos para que «los que estaban unidos en una misma fe y en un mismo reino no se mostraran desunidos, ni aún en la parte externa ritual».


Resulta entonces clarísimo que la Iglesia Católica que había unido primero al pueblo hispano romano por la profesión de una misma fe, lo unía ahora con lazo indisoluble en una unidad de régimen temporal. España es España porque la hizo la Iglesia. Desde entonces quedó políticamente constituida la nación española independiente y personal, reconociendo la soberanía de los monarcas toledanos los mismo Cataluña que Aragón; Navarra que Vasconia; Galicia que Portugal; León que Castilla. De modo que lo primitivo en la formación de la patria hispana es la unidad desde el Pirineo a Gibraltar, desde el Cantábrico al Mediterráneo. Los Reyes Católicos después de dar término a la Reconquista no hacen, sino que reconstruyen la unidad perdida. Unidad que por otra parte no se pierde por voluntad del pueblo sino por una causa mayor como es la interrupción que producen los moros, interceptando las vías de comunicación de Navarra, el alto Aragón y Cataluña lo que obliga a estas regiones desvinculadas de los Reyes de Asturias y León, legítimos sucesores de los de Toledo a constituirse en unidades políticas independientes. Pero aún entonces, cuando por causa mayor falta la unidad de régimen, una unidad más alta como es la defensa del propio suelo y de la propia fe, unifican a todas las regiones españolas en una única cruzada. (Zacarías García Villada, El destino de España).

miércoles 14 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (II)


España, brazo derecho de la Cristiandad


El sentido profundo de la lucha española no se puede alcanzar sino a la luz de la vocación que le cabe a España en el destino de la Cristiandad. Y esta su vocación nos la ha de revelar, a su vez, el genio del apóstol que la conquistó para la fe y el genio de la misma España, a través de la historia, en sus conquistas de la fe.


Sabido es que Santiago el Mayor es el apóstol de Iberia o sea de lo que es hoy España y Portugal. Y Santiago es el segundo de los apóstoles y forma con Pedro y Juan el grupo de los tres apóstoles que fueron distinguidos por el Salvador. Sólo a estos tres distinguió con sobrenombres especiales, llamando a Simón con el nombre de Pedro a Santiago y Juan con el de Bonaerges, hijos del Trueno (Marc. III, 173), sólo a ellos tres hizo partícipes de su gloria en el Tabor y de su agonía en el huerto (Marc. IX, l). Sólo entre ellos tres, repartió el destino de su reino en la evangelización del mundo, porque si a Pedro le concedió el centro de su reino cuando le dijo: Tu eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, a Santiago parece haberle concedido la derecha y a Juan la izquierda, cuando la madre de ellos, María Salomé, acercándose al Salvador le pidió que sus dos hijos se sentasen junto a El en su reino, el uno a la derecha, el otro a la izquierda. No sabéis lo que pedís, contestó el Salvador. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Respondieron: Podemos. Replicóles: Mi cáliz sí que le beberéis; pero el asiento a mi diestra o siniestra no me toca concederle a vosotros sino que será para aquellos a quienes le ha destinado mi Padre (Mateo XX, 20-23). Santiago mereció también la distinción de hospedar en su casa a la Santísima Virgen que había sido encomendada por el mismo Cristo a su hermano San Juan.


España entonces conquistada a Jesucristo por Santiago, constituida heredera del ímpetu y ardor del apóstol cuyo cuerpo conserva en la Basílica de Compostela, es como él, el Hijo del Trueno de la Santa Iglesia, la segunda después de Roma en el reino de la Cristiandad y el brazo derecho de la misma Cristiandad en las luchas por la defensa de la fe y en el ardor por llevar la fe hasta el extremo de la tierra. Y si Santiago fue el primero de los apóstoles en pagar con su cabeza su amor a Jesucristo, España también en el curso de la historia de la Iglesia da la primera el testimonio de su fe a Jesucristo no sólo cuando la invasión de la morisma sino ahora frente al empuje arrollador del bolchevismo. Y España, al igual que Santiago no puede separar su grandeza del amor a la Virgen, junto a cuyo lado vivió y que quiso visitarle y confortarle en su apostolado por España cuando posó sus benditísimos pies en el pilar de Zaragoza.


Extraordinaria profundidad teológica tiene entonces el Canto de Claudel:


Santa España, cuadrada en el extremo de Europa, concentración de la Fe, maza dura y trinchera de la Virgen Madre.


Y la zancada última de Santiago que sólo termina donde acaba la tierra.


Y esta vocación de España, expresada en la vocación del Apóstol que la conquistó para la fe, explica la unidad y la grandeza de España cuando se mantiene fiel a su vocación y señala su decadencia cuando le es infiel.

martes 13 de noviembre de 2007

Hijos de la España que sangró (I)


En el año 1937, el P. Julio Meinville, S.I., escribía acertadamente, proféticamente podríamos decir, qué iba a salir de la España que sangraba en esos años. La actual caída de España hay que leerla desde la caída de la Iglesia, larvada desde los años de la postguerra mundial y puesta en marcha con el motor de unos documentos conciliares que asumían como tesis, no ya políticas, sino teológicas, las quimeras y sinrazones liberales tan profusamente auspiciadas por las sectas masónicas desde el siglo XVIII. Con la plaza tomada, en estas horas de infortunio, de llanto amargo pero con celo confiado y esperanzador, hay que recordar más lo que somos, no podemos olvidarlo, mientras haya aliento en un solo español de lo que es la substancia de la Patria, del alma de España, la llama seguirá viva al acecho de tiempos mejores para provocar el incendio que arrase las huestes del infernal enemigo. Sin más, cedemos la palabra al Rvdo. P. Julio Meinville, S.I.


Qué saldrá de la España que sangra


La Iglesia fundada por Jesucristo en el centro de las edades ha realizado el milagro de la Cristiandad. En los restos humeantes de romanos y bárbaros infundió un espíritu nuevo, que de las cenizas de un mundo en corrupción, hizo surgir una unidad de hombres y de pueblos, agrupados alrededor de un centro común, con la preocupación de buscar ante todo el reino de Dios y su justicia. Es cosa única en el correr de la historia, esta de pueblos que renunciando al orgullo de la dominación y reconociendo la hermandad común, se entregan al servicio de un Rey, que no puede morir.


Pero la cristiandad que ha llenado casi mil años de historia ha sido destruida. Tres fuertes golpes de piqueta han derribado este sólido edificio: el Protestantismo que asestó sus golpes contra la Iglesia de Roma, depositaria del orden sobrenatural de la gracia; la revolución francesa que asestó los suyos contra el recto orden de la naturaleza humana; y la revolución comunista que ha asestado el último contra todo orden, aún el inferior de la burguesía. El mundo queda expuesto a un espantoso caos.


Con el comunismo la influencia cristiana queda totalmente exterminada del haz de la tierra. Y es reemplazada por un caos de ateísmo que es lo más espantoso que pueda imaginarse.


Hasta ahora el comunismo no ha apretado en sus garras totalmente sino a Rusia, pero amenaza estrangular uno tras otro, todos los países del orbe. Así poco a poco, por su medio, los judíos, los enemigos seculares del orden cristiano van logrando la conquista definitiva de todos los pueblos hasta que puedan entronizar como amo universal a su Rey y Mesías, el Antecrísto. El Antecrísto es como el diablo encarnado y su reinado es como el reinado público y solemne de Satanás sobre la tierra. Así como hay endemoniados, es decir individuos humanos que caen bajo la posesión diabólica y son manejados por el diablo a entera libertad, así también, pueblos enteros y aun toda la humanidad puede caer bajo su completa y absoluta posesión. Y ello así se ha de realizar con el Antecrísto. El comunismo no es sino su inmediato precursor. (Ver Julio Meinvielle, Los tres pueblos bíblicos y la dominación del mundo). De aquí que el Santo Padre con grave insistencia conjure al mundo a unirse contra este terrible flagelo de la humanidad, el más terrible de todos los que puedan haber conocido los pueblos.


Nos vamos entonces, precipitando con mayor o menor rapidez, hacía la barbarie comunista. Si un hecho inesperado no rompe la dialéctica de la historia que en forma inexorable se viene cumpliendo desde la Reforma protestante hasta la Revolución comunista de 1917, no cabe otra suerte a los pueblos que la de sucumbir bajo el satanismo del caos comunista.


Ahora bien. Dos hechos inesperados y transcendentales se han obrado después de la Revolución rusa de 1917 y son la marcha fascista sobre Roma de 1922 y el triunfo hitlerista de Alemania en 1933. Tanto el Fascismo como el Hitlerismo se presentan con la voluntad decidida de quebrar la dialéctica de la historia y de romper la cabeza del monstruo comunista.


¿Lo conseguirán? Por sí solos, si no aparece una fuerza nueva, digamos un hecho nuevo, no pueden conseguirlo. Dos razones nos van a convencer de ello, una del orden empírico, la otra del orden teológico.


He aquí la primera razón: No se puede negar que tanto el Fascismo como el Hitlerismo someten a alta tensión todas las energías del pueblo para lograr un orden de los hombres. Un orden se logra, ello es innegable y se logra por el esfuerzo de voluntad de un conductor y de un pueblo. Y este orden es sin duda, de calidad superior al demoliberalismo de que estuvieron viviendo los pueblos durante más de un siglo, porque este es una pura actividad sensual, por ende carnal, mientras que aquel otro es una actividad de voluntad y por tanto verdaderamente espiritual. Pero no se trata ahora de ponderar su calidad sino su eficacia. Y bajo este aspecto, hay que confesar que ni el Fascismo ni el Hitlerismo pueden tener fuerza suficiente para mantener por largo tiempo esta alta tensión de las energías de un pueblo. Todo esfuerzo y toda tensión tiende a relajarse. Para que así no acaezca es menester que ese orden que se logra por una tensión, por un esfuerzo, se connaturalice, es decir, se alcance sin esta tensión. Pero ello no es posible si un hecho nuevo no trae energías superiores que sean como connaturales al hombre.


Una segunda razón, y esta de orden teológico, robustece seriamente esta explicación. El orden que procura el Fascismo y el Hitlerismo, que podrá ser todo lo grande que se quiera como realización económica y política, se busca como un fin en sí, como si fuese un dios. Se busca fuera de Cristo, y por encima de Cristo y en cierto modo contra Cristo. Ahora bien: un movimiento de esta condición, no puede traer el bienestar de pueblos que han sido llamados a la vocación de la fe cristiana. Es un orden mecánico que no es para ellos; que resu